Fallecido a los 87 años, de Tom Wolfe se recordará su sabiduría, su escritura y su rotundo éxito. El autor y periodista estadounidense, creador del «Nuevo periodismo», fue una referencia mundial desde las páginas de The Washington Post, Enquirer y New York Herald, donde practicó un periodismo inteligente y moderno. Toda una revolución.

 A modo de homenaje, desde ABC recordamos la enrevista que en 2013 le realizó David Morán con motivo de la publicación de «Bloody Miami» (Anagrama), un libro de no ficción sobre la teoría de la evolución por el que recibió un adelanto de –atención– 5,5 millones de euros.
 Lee a continuación la entrevista:

No es una piedra, pese a sus más de seiscientas páginas amontonadas en contudente y furiosa armonía y a esos jardines de hormigón de Hialeah que describe con tanto esmero, pero Tom Wolfe, (Richmond, Virginia, 1931), dandi de la sátira y pope del Nuevo Periodismo, ha vuelto a tropezar con ella.

Ah, la novela. Pérfido género que el propio autor estadounidense da por muerto y al que, sin embargo, vuelve de tanto en cuando para cuadrar cuentas —los más de 7.000 euros ¡por página! que se embolsó de adelanto por esta última se llevan la palma— y, ya puestos, seguir desnudando a sus compatriotas y señalar sus vergüenzas con un puntero láser cargado de sátira hiperbólica y realismo feroz.

La novela, sugiere el autor de «La izquierda exquisita» y«Yo soy Charlotte Simmons», es un cadáver, pero ahí está él, enfundado en su impecable traje blanco y con la mirada centelleante pese a que su cuerpo empieza a encorvarse hacia adelante, para revivirla a fuerza de desparpajo, incontinencia verbal, tumultuosas orgías, aparatosas colisiones entre clases y nacionalidades y, en fin, despreocupadas radiografías de las miserias de la sociedad.

Así, en «Bloody Miami» (Anagrama), su última obra a la espera de ese libro de no ficción sobre la teoría de la evolución que está escribiendo, Wolfe sigue sin hacer prisioneros y se sirve del prisma de «La hoguera de las vanidades» para descuartizar una ciudad en la que conviven desde un alcalde latino, un jefe de policía afroamericano, un pelotón de policías cubanos, un blanquísimo psiquiatra experto en adicciones sexuales, un oligarca ruso, un excéntrico multimillonario y, cómo no, viejos y nuevos periodistas. Una ácida radiografía a un Miami «en el que todo el mundo odia a todo el mundo» con la que Wolfe, genio y figura del periodismo e implacable cronista de la realidad, intenta explicar lo que ocurre una vez la inmigración se ha instalado y asentado en su destino.

—¿Por qué escribir novelas cuando, en sus propias palabras, la novela está muerta?

—Oh, en realidad es todo un accidente. La gente acusa a los escritores de no ficción de no atreverse a cruzar la gran meta, que es la de la novela, así que me dije: «Muy bien, vamos a probarlo». Y escribí «La hoguera de las vanidades». Tenía 57 años y nunca antes había pensado en una novela, pero tuvo un éxito tan inesperado y gané tanto dinero tan rápidamente que me dije:«¡Dios, tengo que volver a hacer esto otra vez!».

—En cualquier caso, ¿sigue creyendo que la novela está muerta?

—Así es. Al menos en Estados Unidos. El problema es que la formación de los años veinte y treinta era esencialmente francesa, y los franceses nunca han valorado el realismo del mismo modo que los escritores americanos. Se admiraba a Rimbaud, a Baudelaire… Autores díficiles de entender que implicaban un esfuerzo y que, por lo tanto, te situaban en un plano superior si los entendías. Después de la Segunda Guerra Mundial todas esas cosas como el realismo mágico llegaron a la literatura americana. Y ahora tenemos la novela psicológica, con autores mirándose a sí mismos en vez de salir a la calle, donde están las historias de verdad, y hablar con la gente. O las memorias. A la gente le encanta escribir sobre las mujeres que ha seducido o los crímenes que ha cometido, pero nunca hablarán de sus propias humillaciones, que suelen ser el 75% de la vida de cada persona. Para mí, el realismo es lo que realmente te conecta al lector. ¿Sabes qué? No puedo leer una novela de Stephen King, porque en cuanto algún personaje empieza a caminar por el bosque oyendo voces y aparecen artefactos maléficos, me pierde.

—No sé si se le ha pasado por la cabeza que «Bloody Miami» podría ser su última novela.

—No lo he pensado, la verdad. Ahora mismo tengo ocho libros planeados, y ninguno de ellos es una novela, pero, ¿quién sabe? Quizá alguno de los próximos cinco haga un par de novelas.

—¿Es «Bloody Miami» un intento por reflejar la pérdida de identidad de los Estados Unidos?

—Lo que quería explicar es lo que pasa cuando personas de diferentes países y escalas sociales distintas tienen que vivir juntos. Miami es una mezcla de culturas en la que nada se mezcla. Los cubanos por un lado, los anglos por el otro, los rusos más allá, los asiáticos sin relacionarse ni mezclarse con los afroamericanos… Nunca había visto tanta gente ignorándose tan profundamente. Como dice uno de los personajes del libro, es un lugar en el que todo el mundo odia a todo el mundo.

—¿Y hasta qué punto sería ese Miami un espejo de lo que podrían llegar a ser los Estados Unidos en el futuro?

—Oh, seguro que eso haría mi libro mucho más importante e interesante (ríe), pero creo que es una anomalía. Es un lugar realmente especial. Por lo que yo sé, es la única ciudad en la que gente de otro país, con otra cultura y otro lenguaje, ha tomado el poder de forma legal.

—El escritor Junot Diaz suele decir medio en serio medio en broma que Estados Unidos empieza a tener pesadillas en español..

—Esa es buena (ríe). ¿Sabía que yo estudié español cuatro años?No fui capaz de tener una sola conversación, pero conseguí que «The Washigton Post» me enviara a Cuba cuando Castro tomó el poder.

—¿Concibe sus novelas desde una perspectiva política?

—Nunca. De hecho, para mí los escritores que se involucran en alguna ideología… ¡no deberían llamarse escritores! ¿Cómo se llama ese que escribe siempre en «The New York Times»? Ah sí, Paul Krugman. Pues bien: él ha hecho más por el liderazgo del partido demócrata que un auténtico relaciones públicas.

—Aun así, su fama como conservador le precede…

—Oh, absolutamente. Si no sigues el rumbo marcado te metes en problemas. Cuando escribí «La izquierda exquisita», la pieza sobre la fiesta que Leonard Bernstein hizo en su triplex de Park Avenue con los Black Panthers, no intentaba dar un enfoque político, simplemente explicar lo hilarante que resultaba todo. Pero por escribir eso dijeron que era de derechas. No me quedó más remedio que aprender por las malas, así que ahora me declaro independiente, signifique lo que signifique la palabra.

—Asegura que ha puesto mucho de usted mismo en el personaje de John Smith, el joven periodista del «Miami Herald» que aparece en el libro. ¿También ha llegado a emborrachar a alguna de sus fuentes y le ha dejado dormir en el sofá, como ocurre en la novela?

—No, nunca he llegado tan lejos. Sería demasiado humillante. La manera en la que me identifico con John Smith es que con el periodismo haces cosas que, siendo sensato, jamás harías en tu vida. No intento presentarme como alguien especialmente atrevido, pero el periodismo te hace más valiente de lo que realmente eres. Yo he estado en medio de tiroteos y, aunque estaba muerto de miedo, estaba ahí. Tenía que estar ahí. Simplemente, tienes que hacerlo. Igual que preguntar cosas que jamás se te pasarían por la cabeza preguntar.

—¿Y cómo se las arreglaría el Tom Wolfe periodista en la actualidad?

—Sería complicado. Cada vez es más difícil, porque cuesta más hacerse un nombre. ¿Sabría decirme el nombre de los cinco mejores escritores de blogs? Pues ahí está la respuesta. Además, ahora todo el mundo quiere hacer lo mismo: escribir para la televisión y hacer los guiones de «Los Simpson». Y yo, la verdad, no quiero tomar parte de algo en lo que no puedo ser nombrado o identificado. Es vanidad, sí, pero la mayoría de la gente que escribe no lo hace por dinero, sino para hacerse un nombre. Y eso es de lo que realmente se trata. Es como en la música: ¿quieres hacer música o quieres ser una estrella?

—Ahora que la Biblioteca Pública de Nueva York ha comprado su archivo, no sé si ha empezado a pensar en cómo le gustaría ser recordado.

—Al principio me hicieron sentir histórico, pero poco después me sentí póstumo (ríe). De todas maneras, ¿para qué querrán ese montón de cajas? ¡Necesitarán mucho espacio para guardarlas! Es como decir un «estamos muy honrados de conocerle», que en realidad significa«por Dios, ¡qué viejo eres!».