Por Wladimir Torres.

Larry y su hija Martha la pusieron bonita desde temprano.

Le colocaron un vestido lila estampado con uvas verdes y moradas muy pequeñas. Algo de color en el rostro y colonia.

Una de las tantas lociones que la bisabuela Maró tiene en una caja junto a su ropa.

Le contaron que iríamos a visitarla el domingo por el día de las madres y por eso esperó desde la mañana sentada en sofá principal en el segundo piso del inmueble en el que que vive ahora con su nieto Larry desde hace casi dos años.

Antes, vía en Durán con su hijo Oswaldo y con mucho dolor se resignó a cambiarse de casa cuando le contaron que había él había muerto.

Sus ojos ya no tienen luz.

La fue perdiendo con el paso del tiempo, pero esa noche sabía que algo no estaba bien.

Su corazón de madre le avisó que no sentiría más ni sus cuidados ni sus besos.

Sus manos buscaron respuestas en cada aliento que sintió cerca hasta que algún voluntario, quien antes preparó a la anciana con un vaso de agua y valeriana, se arriesgó a contarle la verdad que ella ya sospechaba.

“¿Esta niña quién es?”, preguntó mientras palpaba las cuencas de sus ojos, la barbilla y los hombros.

El “chino”, su nieto, le dijo que era Valeria, la última de sus ocho hijos a quienes fue nombrando uno por uno mientras la abrazaban y besaban.

La miraban con extrañeza.

Ella en cambio los miraba con las yemas de sus dedos como si estuviera haciendo una escultura de cada uno.

“Estoy muy contenta porque tengo a toda mi familia aquí a mi lado”, dijo con su voz de quinceañera mientras sus ojos grises de 86 años resplandecían y danzaban construyendo una escena familiar.

Ya casi al caer la tarde, a la hora de los abrazos y las promesas de volver a visitarla otro día, se fue quedando vacía la casa de la abuela de mi esposa Cristina.

Sentada en su sofá verde, cruzada de piernas con sus manos muy aplicadas sobre la rodilla, elegante y perfumada permaneció junto al redundante sonido del ventilador, mientras el piso de madera poco a poco se fue quejando menos con cada partida.