Por Freddy Solórzano (Manta).

Se conocieron como ahora se conoce la gente, por Facebook.

Él tiene 43 y es divorciado; ella 42, casada y con tres hijos. El divorciado tomó la iniciativa.

Primero envió la solicitud de amistad y cuando ella la aceptó al poco tiempo le pidió el número de celular. La señora se lo dio.

Empezaron los mensajes por whatsapp.

Para empezar las banalidades: sus signos del zodíaco, cuáles son sus segundos nombres, ¿barcelonista o emelecista? Después fue el turno de las formalidades: dónde trabajan, la familia de cada uno.

Con esa pequeña biografía de parte y parte, el tipo decidió unos días después lanzar la red.

Eran adultos y no estaban para perder el tiempo con rodeos. Él no iba a deshojar margaritas por una mujer casada.

Le contó que soñó con ella. Fue un sueño intenso. Esa fue la palabra que utilizó, “intenso”.

Ella le dijo que no entrara en detalles, que se “lo guardara para él”. Pero cómo no contarlo, si eso era lo que quería él.

Y le contó el sueño. Hubo mucho sexo y gemidos en el sueño.

Ella rió. Digamos que rió porque escribió jajaja por whatsapp.

Después se puso seria y le dijo que tenía algo muy íntimo que contarle.

iBingo! Él imaginaba lo que le diría. Ya hacía planes sobre el lugar donde sería el encuentro: en su departamento, no había un mejor sitio.

Ella fue al grano en su confesión.

Le dijo que era lesbiana, que se casó a las 24 por la insistencia de la familia porque el pretendiente era un buen partido. Hace 8 años, cuando nació su último hijo le contó la verdad al marido.

El señor, que es un alma de Dios, quedó tieso como una estatua.

Ocho años después aún no sale del asombro.

Entre ellos no hay sexo desde el día de esa confesión.

A la señora no les interesa los hombres, ninguno.

Les gusta solo como amigos, pero sin derechos.

Ella ha tenido algunas amantes: viejas compañeras del colegio y aventuras de un solo día.

No se decide a vivir libremente su sexualidad porque sus tres hijos son lo más importante en la vida. No quiere que la juzguen.

Pero para el divorciado había algo que no terminaba de encajar en esa confesión.

No entendía por qué le contó esta historia a él, un casi desconocido.

Ella le resumió por qué lo hizo. Es una mujer con olfato y sabe que es un hombre de fiar y que lo considera su amigo.

Desde hace un tiempo el departamento donde vive el divorciado es el nido de amor de la señora.

Él le da las llaves del departamento cuando ella programa una cita.

A esta altura no le importa que la cama en la que una vez soñó que tenía sexo con ella sea la misma donde la señora se quita las ganas con otra mujer.

Para eso están los amigos, para ayudarse, ¿o no?