Por Tatiana Mendoza (Manta).

Noche fría de junio. La Nueve de Octubre cierra sus ojos. Uno que otro restaurante atendiendo. Poco público. Se acerca la medianoche. Las putas salen a vender hasta el alma. Espero mi cita sexual con un cantante.

Mensaje de texto

-Tatiana, ¡dónde estás?

-Cristian, estoy en el KFC.

-Ok.

El sexo no se planea, pero cuando has tenido muchas citas sabes que es inevitable.

No soy ninfómana, pero mi cuerpo quiere estallar, siempre.

Con bermudas, zapatillas convers, camisa negra con una imagen apolítica, él camina hacia mí. Tiene buenas piernas, mi mirada va hacia su entrepierna, lo que sobresale en el movimiento.

-Tatiana, pensé que no vendrías.

-¿Por qué no?

-Bueno, porque suelo pensar siempre eso de las mujeres, prometen y no cumplen.

-No soy de esas mujeres, Cristian.

Falda negra ceñida al cuerpo, sandalias altas, blusa blanca de botones que deja entrever mis tetas y pezones, el pelo suelto, ni gota de maquillaje, traje seductor.

Caminamos y hablamos de lo que pasó en el día, de la política, del presidente Correa, de la mierda que vale el Alcalde, de mis estudiantes vagos, de su música que no despega.

La licorería “La esquina”, cerca de la estación de la metrovía, está abierta. Cristian, que es una suerte de catador de vino tinto, compra una botella.

Agarra mi cintura, toco su cara. Me arrincona, nuestro primer beso.

En el entorno el borracho patea una piedra, las paredes rayadas por un grafitero, una salsa erótica como si fuera banda sonora y poca luz. Somos los protagonistas de “Nueve semanas y media”.

Su departamento queda en un edificio enorme, una serie de hoteles cerca, un bar bohemio donde las putas llevan a sus clientes. Es la guarida de Cristian.

Tengo miedo a los ascensores y este es destartalado, pero qué importa, no quiero que nada arruine la noche. Me vuelve a besar y ahora sus manos, con facilidad, tocan mis labios inferiores que no están cubiertos por ningún calzón.

Estamos en el último piso y toco su verga antes de salir del ascensor, está dura y yo excitada como si fuera mi primera noche.

La suite huele a incienso, velas prendidas, “esto es para ti”, asentí mi cabeza, no sabía qué pensar, la caja de condones en la mesita me hizo aterrizar en medio de la cuasi romántica noche.

Sirve el vino en dos copas grandes, pone a Def Leppard de fondo, pruebo el vino y mi motor se pone en marcha.

Nos acostamos en su cama, desabotona mi blusa en cámara lenta mientras la otra mano hurga en mí, yo acaricio su verga que ya mismo se sale de su pantalón, cuestión de segundos y estamos desnudos, mirándonos y deteniendo la pasión, le coloco el condón, subo a su cuerpo y cabalgo.

La ventana está abierta, no hay cortinas, veo el centro de Guayaquil y me pierdo mientras él aruña mi espalda y me tumba, prueba posiciones, un orgasmo, otro más, estoy viviendo, él grita, yo soy su eco.

Reímos sin parar, sirve otro vino, estoy desnuda, fumo un cigarrillo, observo la ciudad, ruidos callejeros, aire, placer.

Coloca sus manos en mi cintura, me abraza la espalda, miramos la misma pintura, su verga caliente y parada, la introduce con fuerza, estoy mojada. Nos movemos al son de Charly García con su fanky. No somos personas, somos orgasmos.

Un brillante sol ilumina nuestra desnudez. Cristian me observa, le doy la espalda y repetimos el disco de anoche, un polvo mañanero para recordar que estamos vivos.

Prepara el desayuno mientras me visto. Son las ocho de la mañana. Es tarde.

No nos amamos.

Ni tampoco pretendemos hacerlo.