Por Sara Villa *

Nuestra caravana es la más pequeña del camping. Con diferencia. También nosotros lo somos, la media de edad aquí supera con creces los setenta años.

Nadie habla castellano, no entendemos siquiera el idioma que utilizan porque hablan en susurros, así que tenemos que controlar nuestros altibajos vocales porque el primer día ya nos dimos cuenta de que todos nos miraban.

Ellos, los señores mayores con sus autocaravanas inmensas, nuevas y relucientes, son rubios, silenciosos y no paran de sonreír. Despiertan a las siete de la mañana y se acuestan a las diez de la noche, justo cuando nosotros empezamos a hacer la cena tapando el hornillo con nuestros cuerpos para que la luz azulada no les moleste.

Ellos nos observan. A veces los descubrimos mirándonos y les devolvemos las sonrisas. Levantan las manos y murmuran algo incomprensible. No sé si será la edad, la educación, o que ven nuestra caravana y piensan en sus juventudes donde aún no contaban con pensiones de miles de euros.

Nos saludan, por lo menos en cinco idiomas diferentes cada mañana, y miran de reojo, para que no nos demos cuenta, nuestra mesa coja y oxidada y nuestras sillas de pescar de Decathlon. Otra vez sonríen. Tocan la cabeza de la perra con cariño.

Supongo que somos sus cachorros, los nuevos jóvenes campistas que huyen de los hoteles y buscan el aire libre y los baños compartidos.

Somos los nuevos cachorros que hablan en voz demasiado alta, que se despiertan y acuestan tarde, que comen a las tres y cenan a las once.

Pero aún así nos sonríen, porque somos las nuevas generaciones y eso les hace dormir más tranquilos.

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*Sara Villa es española. Ha estado formándose en talleres y máster de narrativas durante más de cinco años. Ahora mismo está moviendo su primera novela entre diferentes editoriales españolas. Con esta historia debuta en loscronistas.org