Más de 72 años, toda su vida, ha estado anclado al barrio tradicional La Tola, en el Centro Oriente de Quito. En la casa en la que nació, en la calle Valparaíso, empinada como la mayoría, tiene su taller de forja artística desde 1975.

Por Byron Rodríguez Vásconez*

Al ingresar al taller del maestro Hernán Jaramillo, uno de los últimos sobrevivientes de forja artística en hierro y quien ha vivido sus 72 años en el tradicional barrio La Tola, se borran las fronteras del tiempo.

Una atmósfera añeja.

Un ámbito arcaico y de hechizo se percibe al ver las antiguas y rústicas mesas, en las cuales descansan pesados y bellos candados, réplicas de la Colonia, llaves grandes, aldabas, golpeadores (los antiguos timbres), picaportes, candelabros para una y tres velas, cuyos precios varían entre USD 10, 25, y 40, los más grandes; búhos que dejaron su noche para posarse en los mesones.

Incluso sugerentes y estilizados perros de metal y adornos inspirados en rosas.

Como si las rosas hubiesen dejado su frescura para perpetuarse en el hierro.

Objetos que nacen del talento y las curtidas manos del maestro Jaramillo, quien aprendió la creatividad de la forja en hierro del padre, José David Jaramillo Echeverría, quien mantuvo su taller en las céntricas calles quiteñas Briceño y Ríos, entre 1937 y 1975.

Hernán Jaramillo, que estudió en la Escuela Hermano Miguel de los hermanos lasallanos, en los comienzos de la adolescencia ya ingresó al taller paterno, en el que trabajaban tres tíos.

“Si bien estudié tecnología eléctrica en el renombrado Colegio Central Técnico, en el viejo y atractivo edificio de ladrillo del barrio San Roque, más pesó la influencia de mi padre y de mi familia, muchos dedicados a la herrería, y opté por este oficio, por el cual siento orgullo. Eduqué a mis hijos, Ronny y David Jaramillo Sánchez, y seguí siempre con mi creativo trabajo”.

Los hijos de Hernán son ingenieros en Sistemas. No siguieron la tradición del padre.

Solo José Llumiquinga, un ex alumno en la Escuela Taller Quito (2002-2003), continúa con el arte de la forja en hierro, herencia traída por los españoles en la lejana Colonia.

Llumiquinga trabaja y vende los objetos de hierro en una acogedora casa de La Ronda N. 989.

Mientras tanto, el maestro Jaramillo los ofrece en su casa/taller, en la que ha vivido 72 años, calles Manosalvas E-5-44 y Valparaíso, en el típico barrio La Tola.

Él conoce el alma festiva y cálida.

Y conoce su esencia, que aún guarda con sabor a barrio quiteño.

Aquí conviven las tiendas de abarrotes, las zapaterías, las librerías, las lavanderías populares, todo en medio de las casas coloniales, de teja y balcón con geranios, fachadas blancas y de tonos pastel, y las escalinatas que encantan y aparecen en cualquier rincón del barrio, situado a los pies del Itchimbía.

A Hernán se le ponen los ojos húmedos y brillantes cuando recuerda que su abuelo materno, Miguel, fue herrero de hacienda en el pueblo San Isidro, cerca del cantón Mira, en la provincia de Carchi.

“El abuelo forjaba los pesados y hermosos candados, aldabas, chapas de hierro, también herrajes para los caballos. Nosotros somos los herederos de su legado”.

Hernán toma un pesado y atractivo candado de varilla o barra, pues tiene este elemento en la parte superior, en su interior hay las seguridades, una pieza fija a los ‘andadores’  que dan seguridad al candado.

Hay otro llamado de oreja, pues tiene una pieza en forma de U.

Encantan porque tienen la paciente y depurada técnica del calado y repujado que concede a los acabados, inspirados en la naturaleza: sugieren ramas de árboles, raíces, enredaderas.

Para el calado corta con cinceles, según la figura, y vacía la parte que queda libre, alrededor de las figuras.

Allí aparecen formas geométricas, laberínticas, y siempre los símbolos de la naturaleza.

“Yo he leído sobre la obra del gran arquitecto catalán, Antonio Gaudí, autor de la célebre catedral La Sagrada Familia, de Barcelona, y de otros bellas obras. Me inspira su arquitectura orgánica, inspirada en la exuberante naturaleza, en los árboles, símbolos de la vida, todas esas fascinantes formas las plasmo en mis trabajos”.

A finales de los siglos XIX y XX, cuando ni siquiera había suelda, las piezas en hierro eran muy populares, en especial en las casas del Centro de Quito, en las iglesias y conventos.

En los años 70, tuvo la suerte de trabajar con el Arquitecto Hernán Crespo Toral y su sobrino Alfonso Ortiz Crespo, en el Museo del Banco Central, en la restauración de bellas piezas coloniales para varias iglesias.

Allí aprendió mucho.

Por ejemplo, restauró la chapa de seguridad para un arcón (una especie de inmenso baúl) de dos metros de largo, en el convento del Buen Pastor, barrio La Recoleta.

Sin embargo, en las modernas casas de Cumbayá hay buena demanda de los pesados y artísticos candados, cuyas medidas son de 25 x 20 ctms, y 25 x 40, especiales para portones.

También hace cerrojos, tiraderas para puertas, aldabas, picaportes, alcayatas, piezas para sujetar el candado, bisagras…

Asimismo, en el barrio San Blas había un sinfín de talleres de forja en hierro hasta los años 70.

En un rincón del taller destaca la llamada fragua, un objeto vertical y cuadrado que en la parte baja tiene una venterola que produce aire para que avive la fragua, alimentada por carbón, y caliente el hierro.

La fragua es la herramienta principal.

A ella se suman martillos, yunques, limas para pulir, perfilar y dar las formas  definitivas a las obras.

La temperatura de la fragua alcanza dos mil grados centígrados. El hierro se derrite a 1560 grados y está apto, moldeable, para trabajarlo a 1.000 y 1.200 grados.

El color denominado “cereza” (por la temperatura) se vuelve plástico, manejable, para ir al pesado yunque y con martillo o combo dar forma a la pieza. Jaramillo no usa nada de moldes.

Trabajó con la Organización de Estados Iberoamericanos y Cooperación Española entre 1970 hasta 1984.

También en la obra cultural Oscus (1981), una organización de damas españolas que capacitó a 20 chicos en oficios artesanales.

Sonriendo, Jaramillo rememora que trabajó en los extremos, para las iglesias y los centros de detención: entre el 2010 y 2012 capacitó a los detenidos en el ex Penal García Moreno.

“Fue una grata experiencia, me preparé psicológicamente, con el apoyo de la Organización de Estados Iberoamericanos, en la Universidad Católica, para tratar con gente difícil”. Y hubo un encargado de comercializar las piezas de los detenidos.

Jaramillo se queda en su taller de penumbra trabajando duro con el yunque y el martillo.

Forjando sus sueños. Consciente de que es el último heredero de la legendaria Escuela Quiteña.

Su pintoresco y laberíntico barrio es parte de su alma.

La Tola lo seduce y anima a continuar con la forja en hierro a través de su único alumno, José Llumiquinga, y de su incansable oficio que tanto ama.

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*Byron Rodríguez Vásconez es cronista. Ha publicados dos exitosas novelas (“Bestiario de cenizas” y “La guerra de la funeraria”) y un libro de cuentos (“La cueva de la luna”).  

Trabajó 26 años en el diario El Comercio, en el cual fue jefe de distintas secciones como Cultura, Tendencias, Quito, entre las más importantes.

Hizo en diario El País, de Madrid, una pasantía de un año.

En El Comercio publicó cientos de memorables crónicas y fue maestro y tutor de decenas de periodistas y reporteros. 

En el 1994 ganó, junto con Rubén Darío Buitrón (director de loscronistas.org), el Premio Nacional de Periodismo con un trabajo testimonial sobre Jorge Enrique Adoum, secretario del poeta Pablo Neruda.