Por Sara Villa*

Decía José Mujica: “Cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia, la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta, y es miserable gastar la vida para perder la libertad”.  

Eso decía. Eso escuché en una entrevista al expresidente uruguayo una noche de domingo.

Y resulta que, al margen de tendencias políticas, capitalismos, comunismos y mercantilismos de cualquier tipo, al margen de las etiquetas con las que absolutamente todos valoramos las cosas mucho antes incluso de entenderlas, me llevé un buen tortazo.

Uno de esos incómodos, de esos que se te clavan en el costado lo justo como para que tengas que cambiar de postura en el sofá, echarte sobre el otro lado y apoyar la cabeza en la mano derecha porque la izquierda se te ha dormido…

Touché.

Resulta sencillo, en ese momento en el que la benevolente publicidad televisiva te permite paralizar el cerebro durante seis minutos, claudicar.

Pensar que mañana será lunes y volverás a levantarte a las siete. Volverás a desayunar, a bajar corriendo al garaje o a correr tras el autobús.

A dedicar ocho, nueve, diez horas a vivir hacia fuera. A desempeñar un trabajo más o menos digno, más o menos reconfortante.

A saludar, a despedir, a sonreír, a discutir y a correr para no perder el autobús y ganar diez minutos al día.

A cerrar la puerta del coche y dar marcha atrás como si entre tus piernas llevaras un McLaren.

Y por fin llegar a casa, lanzar el bolso contra el mueble de la entrada, arrancarte las botas, soltarte el sujetador, despegar los vaqueros, masajearte los gemelos y ponerte la peor ropa posible para reivindicar tu derecho al descanso.

Los domingos empiezan a enfilar cuesta arriba a partir de las ocho de la tarde.

No necesitas que un hombre, un ex presidente con sonrisa sospechosamente sincera, venga a aguijonearte el cerebro.

Justo tras el último anuncio, el de la sonriente señora abrazada a una lavadora, has conseguido tu propósito.

Aún quedan unos diez minutos de programa en los que apenas le escuchas. Te cae mal.

Es antipático con esa cara tan relajada, tan de sobrado por la vida, dando lecciones.

Esa noche los ojos tardan un poco más en cerrarse, tampoco mucho, cinco minutos más, y quizá ronques más que nunca y te moleste el contacto de tu pareja como si tuvieses la piel llena de procesionaria.  No pasa nada. Volverás a levantarte a las siete y a las siete será difícil recordar.

Hasta que un día paras.

Parar no es tener todo el tiempo del mundo, ni mucho menos.

Es dejar que la mente escape del día de la marmota y, una vez afuera, descubrir que la vida es eso que existe desde que abres la puerta de casa hasta que caes en la cama.

Apenas tres horas.

Lástima que tu tiempo de vida solo sirva para recuperar el aliento.

Paras veinte, treinta, cuarenta días. Lo justo para formatear el sistema y volver a reiniciar. Y después sigues. Quizá trabajes muchas más horas que antes, quizá empieces algo nuevo que te consuma el doble de tiempo del que antes malgastabas viviendo por inercia.

Pero, cuando uno para, puede pensar. Puede diseñar. Puede crear. Y cuando uno crea, cuando uno se enfoca a dedicar su tiempo a lo que realmente le sirve, el tiempo revive.

Quizá el tiempo en sí mismo, la cantidad, no sea tan importante. A lo mejor la tragedia va mucho más allá de que el reloj se trague las horas como si fueran segundos.

Puede que el problema sea que regalamos nuestro tiempo. Y que lo hacemos sin el más mínimo remordimiento, con frialdad pasmosa. Regalamos lo único que de verdad nos pertenece creyendo que no hay otra manera.

Uno de mis objetivos, ahora que he parado la máquina, es aprender a evitar los tiempos muertos.

Me gustaría poder hacerlo antes de que termine el partido.

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*Sara Villa es escritora española y vive en su país. Este es el segundo texto narrativo que publica en loscronistas.org