Por Wladimir Torres*

La señora Anita venía todos los domingos por las tardes.

Pedía permiso, avanzaba hasta el fondo de la casa y entraba a la habitación de mi abuela Margarita.

Rezaban juntas el rosario, oraban por todos los de la familia y, al final, un “acto de fe” la habilitaba para recibir la comunión, recostada en su cama en nuestra casa del Guasmo Central.

Ese era un ritual que, religiosamente, se celebraba desde que la abuela ya no pudo ir a misa, como acostumbraba.

Doña Anita llegaba puntual a las siete de la noche, vestida de blanco desde su abundante cabellera. Parecía una estampa religiosa.

Sus manos juntas, a la altura del pecho, protegían una biblia, su velo blanco de encajes, el rosario y la cajita redonda de metal donde traía una hostia para alimentar la sed de Dios que la abuela siempre profesó, pues era fervientemente católica.

“Ya debe estar llegando mi amiga Anita”, decía la abuela desde su cuarto y con su voz suave.

Alguno de nosotros asomaba y miraba hacia el final de la calle donde vivía la dama que traía un poco de consuelo al corazón de la abuela. Y no se equivocaba.

Doña Anita venía llegando.

Así como anunciaba la llegada de su amiga, la abuela tenía el control de todo lo que ocurría en la calle.

“Ya llegó don Gómez, ese que suena es su carro”, “hoy no ha pasado el afilador de cuchillos”. Sabía cuándo llegaba alguna visita y con escuchar sus pisadas lograba percibir de quién se trataba. “¿Ese que vino era tu papá, verdad?”, preguntaba. No había cómo engañarla.

En una de sus últimas visitas, Doña Anita recomendó que desocupáramos el cuarto de la abuela donde había cuadros con figura humana que pinté cuando estudiaba en el colegio de Bellas Artes.

“Deberían dejar solamente la cama de doña Margarita y el velador, nos aconsejó mientras se iba esa noche, pero regresó a decirnos: “Escondan todas esas mujeres desnudas. Su abuelita está muy enferma desde hace tiempo. El Señor ha de querer venir a recogerla y no puede porque ustedes tienen esos cuadros ahí”.

Al día siguiente, mientras la abuela descansaba, movimos las pinturas a otra parte de la casa y dejamos solo un retrato al óleo de Jesús, que mi tío Bolívar colocaba en la ventana adornada con flores cada noviembre para la celebración de Cristo Rey.

El foco que colgaba del techo del dormitorio dibujaba en las paredes de caña el toldo remendado con el que la protegíamos de los mosquitos, las sombras alargadas de los clavos donde estuvieron las pinturas, las siluetas de los vestidos colgados junto a la cortina de plástico que servía de puerta, las siluetas de los frascos con medicamentos sobre el banco que había pasado a ser velador y, en el piso de tablas, la sombra casi cenital de la vacinilla para sus necesidades.

Fue extraño que la abuela no hiciera ningún anuncio esa mañana. Seguía descansando.

Respiraba muy fuerte por su boca y sus ojos cerrados titilaban dentro de las cuencas como estrellas con miedo.

La doctora, preocupada, nos recomendó traer a un sacerdote para que le brindara el sacramento de la extremaución.

El aliento se le fue apagando hasta que sus labios craquelados tomaron descanso. Su rostro difunto recuperó de inmediato el color trigueño que tuvo en vida. Parecía totalmente sana y feliz.

Yo no quise guardar en mis recuerdos su imagen metida en un ataúd.

La abuela representó a mi madre desde mi niñez, así que la última vez que la vi en su cama, fue así, aún tibia.

“Ese rostro de doña Margarita es el de una mujer que acaba de ver a Dios”, dijo, feliz, doña Anita.

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*Wladimir Torres (Wlado) es guayaquileño. Escribe crónicas de su ciudad, pero es un extraordinario fotógrafo y pintor. Ha trabajado en los diarios Expreso y El Universo. La foto que ilustra esta crónica es un busto en yeso hecha por Wladimir en homenaje a su abuela, tres meses después de que esta muriera.