Lihem Ben Sayel*

La vida es un viaje hermoso, cargado de experiencias inimaginables.

Un sendero a alguna parte entre los sueños, las desilusiones y las delicadas
sombras de un pasado que nos persigue al ritmo de un corredor de resistencia.

Encontramos cartas de nuestra infancia, imágenes de letras en nuestro
corazón, tatuadas en verso, prosa o historias fascinantes y envolventes, que
nos arrancan una sonrisa inesperada, e incluso, a veces, una lágrima de
añoranza y melancolía.

La poesía está en nuestros labios, como un beso perpetuo pero encadenado a un dolor profundo, porque, esta vez, el ser amado se ha marchado antes de tiempo.

Las emociones se disparan y escogen diversos caminos de agua hacia rumbos inciertos. Y, luego, tomamos decisiones.

Buscamos la paz, sin un límite, sin una restricción, sin una sentencia prohibitiva que divida nuestros sentidos entre lo que queremos, y entre lo que nos dicen que debemos querer.

Un espacio vacío entre consciencia y peldaño, entre juego y rotundidad, entre cristales rotos y amargura, entre la luna y el té de manzana, entre el libro y la piedrecilla dorada.

Y podríamos hablar durante horas [e incluso eternidades] acerca de las
veces que se escondió el sol, y creíamos que no amanecería, pero de pronto
sus rayos se deslizaron por el alféizar de nuestra ventana, y el llanto se tornó
en una carcajada burlesca y represiva, porque sentíamos que nada ni nadie
tenía el derecho a hacernos sentir como si el mundo se hubiese acabado.

Y bailábamos hasta el amanecer, como poseídos por una sed de vida plausible y audaz, y se nos quitaban las ganas de morir ahogados en las penas y en las
azules desdichas.

El olor de tu pensamiento impregna el invierno de un aroma distinto, mientras esperas que el bus [o el taxi] pare a tu primera llamada.

Tú, en esa ciudad tan grande.

Yo, sintiéndome invisible frente a mis propios anhelos.

Donde quiera que busques, puede que encuentres un papel amarillento, ya roto en las esquinas, que contengan mis líneas, escritas con mi puño y letra.

Y la nostalgia se reirá de nosotros, porque el tiempo ha pasado.

Tan rápido.

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*Lihem Ben Sayel, 32 años, ecuatoriana de ascendencia palestina, ama escribir sobre los asuntos profundos y cotidianos de la vida, con un enfoque que no teme llamar honesto, cálido y elegante. Recurre a la añoranza tanto como al deber que tiene la humanidad de evocar mejores tiempos, bajo el noble principio de que “el mundo no puede cambiar, si primero no cambian los corazones. Y los corazones solo pueden ser transformados por el amor”. Escribe principalmente en sus blogs “Memorias de una princesa” y “Mujer del desierto”. Reside en Tenerife, España. 

loscronistas.org le da la bienvenida, con orgullo, a una escritora, narradora y poeta cuya sensibilidad es maravillosa.