Por Víctor Vizuete*
Ellos -los aleves asesinos que con saña cortaron sus vidas hace tres meses- quizás pensaron que si ocultaban los cuerpos bajo anónimos puñados de tierra no volverían a dar frutos.
Que no eran sino tres cuerpos rotos, sin remedio.
Los otros -que todo el tiempo jugaron con sus familiares y amigos a las medias verdades, al quizás y al talvez- posiblemente creyeron que el recuerdo se esfumaría rápido, como suele suceder en un país como el nuestro, donde un escándalo sustituye al otro, donde una pena sustituye a otra.
Pero se equivocaron. Dispararon al aire.
Se equivocaron porque Javier, Paúl y Efraín nunca estuvieron solos, nunca.
Porque además de carne y huesos son memoria, son cariño, son amor incondicional, son dulces cotidianidades matizadas con goles, tragos y vivencias.
Son llantos y sonrisas.
Son fotografías que sacudieron la modorra de la sociedad.
Son crónicas que develaron la marginalidad de pueblos donde lo poco que existe es ajeno.
Sus envolturas terrenales fueron recuperadas y se las sepultarán como exige nuestra tradición.
Pero solamente huesos y carne irán al columbario. Sus espíritus y sus testimonios son espigas que no se marchitarán.
Viven y vivirán en cada uno de sus padres, hijos y hermanos.
En todos sus amigos y compañeros.
En todos aquellos que, de una u otra forma, compartimos con ellos momentos que nos permitieron aquilatar su valía de hombres honestos y valiosos.
Estos son días de llorar, de brotar lágrimas que fecunden la tierra.
Pero serán las últimos, porque los espíritus de nuestros compañeros se encargarán de mostrarnos caminos más alegres pero, también, más retadores y, sobre todo, con un claro y decisivo compromiso.
Preparémonos, entonces.
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*Víctor Vizuete fue periodista del diario El Comercio y es cronista, poeta y narrador.