Por Isabel Macías Galeas* 

«El viaje, al final, solo es la excusa». Martín Caparrós                                                                     

Hace tiempo un docente nos contaba que iba a conocer una parte importante de la Sierra del Ecuador, y se preguntó cómo hacer y qué hacer para ver por primera vez ese lugar que había visto en fotos, en redes y en televisión.

Su respuesta fue ponerse en la piel de un gran colonialista que llega por primera vez a un sitio, sin tener la mínima idea de lo que vería o con lo que se hallaría.

Imaginaba que al escuchar sonidos detrás de las montañas correría tras ellos e irrumpiría en medio de los matorrales, ensuciándose las manos, cayéndose hasta quedar sediento para maravillarse con lo que se encontraría.

De todo eso se trata la experiencia.

El cronista Martín Caparrós habla mucho de la contemplación aguda y el exotismo como condición de la mirada, es algo que refleja en sus crónicas y dice que a diferencia de ver, «mirar es la búsqueda, la actitud consciente y voluntaria de tratar de aprehender lo que hay alrededor. (…) Mirar, escuchar: ponerse en modo esponja».

Cómo narrar es mi pregunta de todos los días para realizar un mejor trabajo. Y llegué a la conclusión de que lo más importante es mirar, leer, ser sincero y no impostar la realidad porque al final el viaje es solo una excusa para tener qué contar.

Interesarse por las cosas que ocurren a nuestro alrededor es lo más cercano a contar, ponerse en el campo de lo real nos invita a ser parte de la escritura como un acto político.

Colocarse en el texto es substancial para sentir la imagen que se proyecta en una historia.

Nuestra actitud debe ser como la del león, saber que si no se está atento, si no se mira con atención, se nos va la presa y nos quedamos sin comer.

Así, si el escritor no mira, si no detiene su mirada a la narrativa física que se guarda como enigma a nuestro alrededor, no tendrá historias que contar.

Camino despistada escuchando La consagración de la primavera mientras ordeno ideas en mi cabeza.

Voy al ritmo de los violines mientras mis ojos brillan con fuerza salvaje viendo ventanas con jardines que irradian una seguridad conservadora.

El sonido del violoncelo me incita a sumergirme y  a purificarme, pero mi alma se siente atraída por placeres carnales que en ocasiones me hacen sonreír.

Paseo por Guayaquil queriendo estar en una situación que me permita sentir y aprehender de la inmensidad de los espacios vacíos, terrenos sin ocupar, garajes llenos de monte; lugares que se muestran como huecos llenos de despedidas y de historias.

Termina Stravinski y mi la lista de reproducción musical salta inmediatamente a Wagner, un choque auditivo que va de la mano con lo que observo, un Guayaquil nocturno y majestuoso que grita por soledad, por menos bullicio.

Un Guayaquil que anhela convertirse en selva sin niños vendiendo chicles, sin gente apresurada maldiciendo el clima.

Hubiese sido mejor haberme detenido al mediodía, cuando la ciudad está atestada de gente y no tiene tiempo para pensar en ella misma, pero también pienso en que el sol la estuviera quemando y Guayaquil preferiría ser un mar tranquilo donde se pueda perder.

Sentada me cuestiono cómo escribir mi paseo nocturno.

Las ficciones han estado siempre, viajeros iban a lugares inexplorados y narraban sus historias: Ulises se sienta en casa con su hijo Telémaco y su esposa Penélope a contarles sobre su estadía en la tierra de los lotófagos, su paseo por la Isla de Circe, sus aventuras y desventuras…

La importancia de sentarse a contar, de sentarse a observar radica en la concentración que ayudará al lenguaje a que opere de manera insospechable.

Los cronistas de Indias contaban detalle a detalle lo que veían para que quienes no viajaban sepan lo que hay, lo que se puede ver. Contaban relatos acerca de las primeras conquistas; la dominación cultural, religiosa y política europea sobre los pueblos originarios aún presentes.

Imagino a Ulises y a Felipe Guamán Poma en Guayaquil tomando una cerveza bien fría y viendo que todo pasa sin mayor presión. De esta manera Ulises hubiera llegado más relajado a Ítaca y Felipe Guamán Poma hubiese escrito en las paredes un grafiti con 22 caracteres que diga: «Queremos un buen gobierno».

Dejo de escuchar a Wagner porque ya siento bombardeos y ganas de invadir terrenos descalzos.

Mirar para contar.

A veces pienso que esa frase no es suficiente, mirando podemos tener nuestra propia interpretación de las cosas.

Conversando, preguntando, indagando es cómo llegamos a una historia.

Se trata de descubrir a su vez en ese acontecimiento lo común: lo que puede sintetizar el mundo.

Una pequeña historia que puede contar tantas.

Mirar donde parece que no pasara nada, aprender a mirar de nuevo lo que ya conocemos, una ciudad aburrida o emocionante, un pueblo callado o en ebullición, un lugar solitario o lleno de ficciones.

Uno de los mayores atractivos de contar es esa obligación de la mirada, no para hacer una noticia sino para contar lo que merece ser contado.

Mientras  intento ubicar a Miles Davis para encaminarme a algún lugar, observo que un hombre no deja de mirarme.

Pensando en la importancia de mirar para contar, mirar se vuelve incómodo porque hay miradas que chocan con la nuestra y tienen un sentido distinto.

«Ahora las mujeres son bonitas pero amargadas» me dice mientras paso por su lado. A pesar de mis “entrenamientos de lenguaje ofensivo para hombres que se arrastran babosos por túneles del machismo” pude contener mis palabras no por miedo, sino por respeto a mí, a veces ir sola y reclamar tu libertad femenina puede causar problemas mayores si no estás protegida – con gas lacrimógeno, por ejemplo –.

Prefiero escuchar Blue in Green, que me moviliza enloquecida por los adoquines para salir ilesa de sombras y latidos sin nombre.

Llego a mi destino sintiéndome provocativa sobre la luz que alumbra algún ficus del centro y me detengo para hablar sola.

Quiero seguir caminando pero la hora me detiene, tomo un taxi que me devuelve a mi atmósfera de libros donde bailo al ritmo de Alejo Carpentier y giro con mis manos alzadas al aire murmurando para mí todo lo que he contado, mientras mi cabeza me agradece por dejarla descansar y Guayaquil emprende su gusto por la soledad de las madrugadas.

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*Isabel Macías Galeas (Guayaquil, 1985) 
Egresada de la escuela de Derecho de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Guayaquil. Estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes, Guayaquil.
Ha publicado en las Revistas Bichito Editores de Ecuador, Poémame de España y Liberoamérica.
Fue seleccionada en el concurso de poesía para la antología 2018 de la editorial “Salto al Reverso”.