Por Juan Carlos Morales*

Amauta poderoso/ toda verdadera canción/ es un naufragio, decía César Dávila Andrade.

Tal vez, en el caso de Enrique Males, con 52 años de andariego contador de historias de su pueblo caranqui, sus melodías son sobrevivientes de la memoria en un continente que está empeñado en el olvido.

Cuando la palabra canción social parece mala palabra, este cantor –voz de voces- es un juglar que nos canta la otra historia, esa de la resistencia.

Comprometido y solidario, su voz –que parece provenir de una caverna milenaria- trae la memoria de Dolores Cacuango, los poemas de Gabriel Celaya –por eso de que la poesía es un arma cargada de futuro-, de los mitos en torno al Taita Imbabura, de la espiritualidad del mundo andino.

En su reciente trabajo, Biografías, cobra sus deudas con Ibarra, la ciudad que acogió a sus ancestros llegados desde Quinchuquí, en una dolorosa y vital denuncia sobre la discriminación: (Caminando por las calles/ sombrerito arrebataban/ otras veces los ponchitos/ nunca, nunca, devolvían).

Pero, además, hace una poesía cotidiana de reivindicación y esperanza para tender puentes junto a la hoguera.

Enrique Males, ahora armado su guitarra, está nominado al premio Eugenio Espejo.

Al precursor de las ideas libertarias le decían “Chúsig”, el búho del mundo andino, así que el reconocimiento honraría a los continuadores de otra manera de entender el mundo.

Males es un amauta, un sabio andino, una de las voces fundamentales de un país que ya es hora que reconozca uno de sus orígenes.

Recibir el premio será, además, un homenaje a la enriquecedora historia de los caranquis, pueblo milenario, adoradores de montes y lagunas, señores del maíz y de los amaneceres.

Pero también de melodías que cuentan lo que pocos se atreven a contarnos.
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*Historiador ibarreño