Por Isabel Macías Galeas

Guayaquil.

Nunca sé cuándo voy a escribir o cuándo voy a sentarme con mi diario o mi blog a contar algo que, deliberadamente, me llame la atención.

Pero sí sé cuándo voy a leer, cuándo voy a sentarme en mi cama a pescar un texto al azar y leerlo de golpe o, quizás, releyendo citas marcadas con anticipación.  

Hoy, por ejemplo, voy en la metrovía y quiero sacar el libro El beso de la mujer araña  ̶ tengo que leerlo para una clase ̶  y lo único que se me viene a la mente es Ricardo Piglia.

Ricardo Piglia subiéndose a un tren. Ricardo Piglia caminando por una calle rocosa. Ricardo Piglia saltando barandas de paredes ajenas. Ricardo Piglia robando flores de un jardín. Ricardo Piglia con el ceño fruncido, leyendo un libro. Ricardo Piglia juzgando a Emilio Renzi. Ricardo Piglia hablando con la gente. Ricardo Piglia preguntándome qué voy a leer. Ricardo Piglia preguntándose qué es un lector. Todo eso mientras él lleva un libro en sus manos.

En su libro El último lector, Piglia nos da una serie de sus encuentros personales con la literatura.

Aventurarse con ese libro no es una pérdida de tiempo. Al contrario, es ir por caminos de experiencia de la mano de un lector lúcido, siempre atento a cada análisis crítico de sus aventuras literarias.

Eso nos hace pensar que El último lector somos nosotros, quienes, aunque leamos mal, también nos volvemos lectores.

Piglia nos presenta a Joyce, Kafka, Borges, entre otros, como referentes que nos detienen en una ciudad, en un personaje o en un ambiente donde nos dejan rastros de lo real a través de la ficción.

Piglia pone en el centro de la interpretación a personajes con sus modos de leer. Relaciona biografías y muestra el comportamiento de héroes y heroínas de ficciones y realidades a través de la lectura.

Pienso en Piglia porque no saco el libro de Manuel Puig para leerlo. Al contrario, observo con atención a una joven de unos 20 años leyendo Nada. La imagino fugándose y dejándose llevar por el lenguaje íntimo de Carmen Laforet.

Sonrío mientras escribo porque hace unos meses compré ese libro y nunca lo terminé porque le faltan hojas:  tiene ocho páginas en blanco y, literalmente, no hay nada ahí.

La lectura interesante ahora es ver cómo leo a la joven, de pie, tratando de poner atención a su libro mientras se preocupa por no caer por culpa de los frenazos del chofer.

Piglia considera que leer también es parte del espacio y de la perspectiva. No solo los artistas visuales se preocupan de esos términos.

Leo a la joven y leo la mirada del chico que está a mi lado leyendo lo que escribí leyendo.

Tuitea. Lo sé porque escribió: “Una chica a mi lado escribe sobre una chica que está leyendo…”. Se sonroja y guarda su teléfono.

Leo a un señor leyendo mensajes en su celular. Presumo que no podrá dormir esta noche, se lleva las manos a la frente a cada instante, está preocupado y mueve la cabeza de forma negativa.

Se quita la gorra, enojadísimo, y se golpea en una rodilla mientras mira por la ventana.

Es una escena de hombre desesperado y todos estamos mirando, pero él no se da cuenta.

Al salir de la estación de la metrovía encuentro a mis compañeros leyendo, angustiosamente,  El beso de la mujer araña.

¿Qué leen, en realidad? ¿La historia de Valentín y Molina? ¿La problemática de un homosexual que es compañero de celda de un revolucionario de izquierda? ¿El diálogo de los dos personajes como elemento discursivo? ¿Las notas de pie de página sobre los estudios de la característica homosexual?

O acaso, me pregunto, solo leen (leemos) por cumplir con la obligación de leer.

El libro siempre está ahí para que uno lo contemple y lo interprete.

Un autor abre las puertas de su libro y envía a un conejo blanco que nos mira, profundo, con sus ojos rosados mientras nos preguntamos si lo seguimos o no. Pero sí. Al final, siempre lo seguimos y nos adentramos en nuevos escenarios que nos sacan de la realidad. Lo mismo le pasó a Don Quijote.

Leer no es otra cosa que descomponerse, uno ya no vuelve.

Uno se despoja por completo de cualquier construcción que se tiene prevista. Uno se vuelve el libro que ha leído, la historia que le han contado.

Descubrimos un otro que nos sorprende interpretando y también leyendo una calle, un almacén, un pueblo.

Es una lectura que la componemos en la realidad, con imprecisiones, con el miedo a la página en blanco donde queremos dar vida a lo inerte y huir de los lugares personales, pero te levantas y ves en el Facebook el avance de las noticias o miras que tus amigas están en New York de vacaciones y todo se vuelve distante e irónico, porque tú has viajado a New York hace cinco años a través de las palabras de Paul Auster.

Además de mostrarse como un diálogo intenso, El beso de la mujer araña tiene una pedagogía: nos acerca al tema de la homosexualidad y en las notas de pie de página se establece la problemática de las identidades contrarias a la heteronorma.

Quizás todo eso tiene una intención política.

Y mientras lo pienso algunos compañeros siguen en el afán de terminar el libro, mientras otros tratan de descifrar la estructura de la novela: el ambiente, los personajes, el tiempo, el espacio, etcétera.

Yo solo sé que devoré ese libro porque los debates políticos irrumpen en la mayoría de sus obras como espacios de subversión y denuncia sobre los géneros y las identidades sexuales.

– Bueno, pero de despedida, querría pedirte algo…

– ¿Qué?

– Algo que nunca hiciste, aunque hicimos cosas mucho peores.

– ¿Qué?

– Un beso.

Valentín y Molina se dan un beso. Este beso trasciende la relación sexual y se convierte en afectivo y cálido.

Es como el final de la historia de la mujer pantera: los termina destruyendo.

Molina muere por las ideas políticas que le ha infundido Valentín y Valentín es víctima de la pasión que le ha contagiado Molina.

“¿Por qué nos cuentas el final?”, gritan simultáneamente todos mis compañeros.

Comprendo que aunque tengamos diversas lecturas del mismo libro, siempre apelaremos por nuestra libertad de descubrimiento.

Me siento con mis compañeros y releo lo que he subrayado.

La lectura nunca estará en peligro.