Por Carlos Cedeño Ms.*

En el hoy encuentro: abundancia, placer, oportunidad, perdón, paz y plenitud.

Muchos malos ratos.

Y entonces me pregunto: ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Estoy viviendo a plenitud de las cosas sencillas: liviano de maletas.
A veces he tratado de ser alguien en este inmenso mundo.

He querido contribuir.

Sin darme cuenta, algo he hecho.

Quisiera decir que soy insignificante, porque nunca he deseado atesorar poder, bienes o dinero.

Es posible que haya llegado a pensar que no debía creer ni tener fe en el amor.

Pero es posible que hoy todo eso se disipe en la evolución de vida.

Es probable que algunas veces me haya resentido, culpando de todo al pasado.

Viví, probablemente, mirando lo que hacían otros y no lo que yo mismo podía hacer.

Hubo ocasiones en las que creí que el mundo estaba en deuda conmigo, que debía servirme.

Esa pudo ser mi mente, egocéntrica y controladora.

He errado, sí. Pero como la película La vida es bella he caminado a veces con inocencia y alegría, mirando sin envidia, tendiendo la mano sin que me dijeran gracias.

Entonces la vida es sencilla si amas y sientes pasión por lo que haces, si reconoces en el otro sus capacidades, si vives tus días sin olvidar que naciste para morir.

El elíxir de la felicidad depende del cristal con que lo mires y es ahí donde los valores intangibles perdidos cobran importancia.

Y sigo aquí. No sé hasta cuándo.

Seguiré intentado vivir la vida sencilla que no pude imaginar, pero que alivia el alma.

Me permitiré caminar y dormir sin temores hasta que llegue ese día gris o claro de la vida eterna que Dios te depara.

Vivir sencillo es lo ideal, sin importar que otros no puedan ver esta luz que yo disfruto en el esplendor de la alegría.

Y, sin embargo, cada día me pregunto: ¿cómo he llegado hasta aquí?

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*Carlos Cedeño, manabita, magíster en Comunicación, catedrático universitario en la FACCO de Manta y periodista especializado en deportes.