Por Tatiana Mendoza*

Lunes aburrido y frío.

Todos duermen y un ronquido a lo lejos entona la oscuridad.

Es medianoche. La luz de la pantalla refleja la sombra en una pared.

Mis manos deslizan un mensaje que llega al Instagram.

– Soy Enrique, ¿cómo estás?
– Bien.
– Sabes, estoy aburrido.
– Igual. Estuve viendo tus fotos y están increíbles.
– Tengo otra cuenta en Instagram, pero me la cancelaron porque ponía fotos muy sugerentes.
– Así es Instagram.
– La reactivaré, pero sin fotos para chatear por ahí.
– Ok.

Aunque los ojos quieren someterse a Morfeo, el aburrimiento se disipa con un poco de acción.

Así que espero lentamente hasta que estalle la bomba donde nos lleve esta conversación.

– Sabes que estoy haciendo una sesión de fotos.
–  ¿En serio? Deja ver.
– En realidad es a mí mismo.
– Ok… Es algo narcisista.
– Ja,ja,ja. Puede ser, pero, ¿quieres verlas?
– Claro. Dale.
– Como eres la única usuaria, haré uno en vivo.
– Dale.

Una luz azul. Una pared con fondo blanco.

Silueta de Enrique desnudo, mientras su verga baila meneándose meneos y sus manos la frotan.

Un cuerpo sin rostro. Cierra la transmisión.

– ¿Enrique?
– Aquí estoy. ¿Te gustó?
-Sí. (Suspiro mientras siento una calidez rebosante).
– ¿Quieres ver algo más?
– No soy voyerista, pero puedo empezar a serlo.                              –  Ok.

Inicio de transmisión. Luz azul, pared blanca.

Piernas con vellos, verga erecta y las manos deslizándose de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba.

Él sabe lo que tiene. Es un juego donde nadie gana, estamos dispuestos a perder porque es una experiencia desierta.

La veo endurecer, parece tener vida propia cuando juega con la luz, gruesa e independiente.

La sombra es testigo, una proyección del voyerismo.

Hay música de fondo, suaviza el momento, creo que es Sade.

Mis dedos observan y quieren tener su propio sosiego.

Bajan, entran, se mueven en consistencia.

Juego con dos de mis dedos en mi clítoris, todo es acuoso.

Encajan y los muevo con fuerza, de lado a lado, hasta que llueva dentro de mí.

Juegan los dedos mientras miro y poseo al que está al otro lado.

La pantalla nos separa, pero el deseo trasciende.

Las manos de Enrique se mueven más rápido y disparan su semen a la pantalla.

Fin de la transmisión. Una pausa larga.

– ¿Está todo bien?
– Sí. Sabes, me dio sueño. Fue un gusto hablar.
– Entiendo, bueno. Descansa.

Estoy confundida.

Fue el orgasmo más raro por cómo llego y cómo se fue.

Dos de la mañana, el ronquido ya no está. Los deseos se transforman en incertidumbre. Batería baja en el celular.

Pocas horas para reiniciar lo que falta del día. Manta, a 21 grados. Las sábanas, heladas. Cierro los ojos.

La ciudad es un caníbal que nadie quiere tocar.

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*Tatiana Mendoza, manabita, es escritora y estudiante de periodismo en Manta. Pertenece al grupo de loscronistas.net