Por Gelitza Robles*

Fue el jueves 19 de julio. Me enteré por una publicación en Facebook que un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (FACCO) -80, aproximadamente- había acudido al Vicerrectorado Académico de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM) a quejarse por las carencias académicas que sufren.

Su malestar, según el escrito que presentaron y que su líder Ariel Saltos me hizo llegar días más tarde (porque quise enterarme de buena fuente), radica en que existen carencias graves en la enseñanza porque la mayoría de profesores titulares “no enseñan nada” o “llegan a leer diapositivas”, y eso, si es que llegan a clases.

Sonreí con una mezcla de nostalgia, rabia y alegría al saber que ese grupo decidió destapar esa cloaca que lleva años pudriéndose.

¡Si lo sabré yo! Fui estudiante de la FACCO y trabajaba como periodista cuando me inscribí allí. Era en un semanario pequeñito para adolescentes, pero como fui una lectora hambrienta desde niña, mi lenguaje estaba desarrollado.

En mi primer día de clases la emoción se estrelló contra un profesor que escribió en el pizarrón una oración que no solo tenía faltas ortográficas, sino que estaba mal dividida. A duras penas sabía la diferencia entre predicado y atributo.

Ese solo fue el inicio de años de vacíos dentro de esas aulas en las que, en ese tiempo, ya se enseñaba una forma de hacer periodismo  caduco.

Mi conversación con Ariel, vía whatsapp, fue un dejavú. Me detalló todos y cada uno de sus malestares, que fueron exactamente los mismos que yo tuve durante los cinco años que duró la carrera.

Profesores con falta ortográficas, maestros que no entienden la nuevas tecnologías (y no quieren entender), catedráticos que durante las clases se dedican a leer textos empolvados… La lista es larga.

A diario quería salir corriendo de ese lugar para irme a mi trabajo o a casa, simplemente a leer o a reforzar lo que vagamente me enseñaban en clases.

Aunque al principio pensé que las quejas se iban a ir tan rápido como ciertos docentes el viernes por la noche, luego pensé que tenía que unirme a ellos, ayudarlos, no ser parte de esa mayoría que calla y es cómplice sino empezar a gritar.

Con desazón me atrevo a decir que es una guerra dura de ganar. Será difícil que esos docentes oxidados salgan de las sillas a las que solo llegan a calentar el puerto o que por iniciativa propia decidan salir de su zona de confort.

Es un lugar donde valen más los auto-halagos y los “títulos” de doctores o magísteres y no los textos repletos de faltas ortográficas como base de una pirámide de inexperiencias y vacíos.

Días después de la manifestación, que el decano Carlos Intriago ignoró y se atrevió a decir que eran pocos alumnos los inconformes -la entrevista está en el Facebook de TV manabita, para que se rían un rato-, algunos docentes empezaron a jactarse de los muchos productos comunicacionales que se han parido en la FACCO.  Claro, pero… ¿Y la calidad de esos productos?

“De los errores se aprende”, reza una frase popular.

Pero, ¿y cuando no tienes quién te haga ver los errores que cometes en el proceso de aprendizaje, porque no hay criterios para determinarlos?

Acompañada de esas publicaciones, en mayúscula sostenida y con faltas ortográficas (perdón que sea recurrente en este tema, pero me parece muy grave), se magnifica el nivel de enseñanza del lugar.

Un poco más y se le levanta un altar en el sitio que, según aquellos docentes, es una fuente mágica de conocimientos donde salen profesionales “altamente capacitados”. Mero romanticismo.

Quienes hemos estudiado o están estudiando ahora, y pueden ver un poco más lejos de sus narices, saben que la realidad es otra.

Profesores que están allí solo por nombramientos, que no van a clases, que prefieren hablar de sus viajes, de su “lucha”, de “ética”, mientras acosan a las alumnas… En fin, es lo menos grave.

Lo realmente preocupante es que estén convencidos de que todo está bien.

Qué terrible que no haya una autoevaluación y se prefiera pintar el fango de colores en lugar de limpiarlo.

La realidad es que están mintiendo a los estudiantes, porque no tienen criterio. Les dicen que están formados cuando no saben ni leer ni escribir (sí, así de duro). Los empujan a un mundo que los destrozará en cuanto salgan a la calle porque los preparan con teorías y fundamentos caducos.

Ahora tengo un poco más de 10 años de experiencia en este maravilloso oficio. He hecho de todo, porque hasta canillita fui cuando tuve una revista.

He cubierto temas de farándula, ciudad, judiciales, cultura, investigaciones de género y sobre la población GLBTI…

Fui editora, soy cronista y todo he aprendido en las salas de redacción, donde el trabajo diario te cae como un machetazo.

¿Saben qué les haría yo como editora a esos alumnos recién graduados si me entregan un texto repleto de faltas ortografías?

Allí el título no les sirve ni para limpiarse si por el miedo se hacen pipí en los pantalones.

Pero la mayor responsabilidad la tenemos nosotros, quienes fuimos y somos alumnos, porque preferimos callar y solo retirar nuestro cartoncito como si este fuera el fin de todo.

Otra frase popular dice que “el que no llora no mama”. Yo creo que debemos llorar y gritar y patalear. Quejarnos por las miserias que recibimos en las aulas de quienes reciben un sueldo por ser nuestros guías.

Necesitamos profesores que en lugar de alabar nuestro “esfuerzo” nos incentiven a crear, pero a crear bien, que nos ayuden a detectar errores y nos enseñen a pulirnos. Es su derecho. No les están haciendo ningún favor.

Mi consejo: no se callen y no dejen que muera su anhelo por querer más. Quien te dice que todo está perfecto solo demuestra su mediocridad. Siempre, siempre se puede dar más.

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*Gelitza Robles. Periodista y cronista manabita con 10 años de trayectoria. Trabajó como reportera en El Diario manabita y fue correctora de ortografía, reportera y coeditora en Diario Centro, de Santo Domingo de los Tsáchilas. Actualmente es reportera-cronista en Diario EXTRA, donde también fue editora de la segunda edición (Costa). Productora del Lunes Sexy.