Por Catherine Peñafiel*

Tengo 44 años. Nunca estuvo en mis planes tener un hijo. Ni siquiera cuando era pequeña. Eso no significa que no me gusten los niños. Los adoro.

Tengo nueve sobrinos y siempre que me ha sido posible los he acompañado en sus cosas.

Los llevaba al médico, asistía a los programas del día de la madre, jugaba con ellos a los carritos, a las canicas, a las muñecas, al supermercado, al circo… Donde quisieran.

Era feliz con mi vida así. Mi trabajo me gustaba y a la vez era un reto, tenía que demostrar de lo que era capaz.

Vivía sola y cubría mis gastos. Viajaba y mantenía una relación perfecta con mi pareja: sin exigencias, sin compromisos formales, sin máscaras.

Ruth acaricia su cabello, desvía la mirada hacia el tumbado blanco, bebe un poco de té y continúa con su relato. Su tono de voz es firme y sereno, sin altibajos. No quiere defender su posición ni tampoco le avergüenzan las decisiones que tomó.

Éramos él y yo. Éramos. Porque un día empecé a cuestionar mis decisiones. Creo que todos lo hacemos en algún momento de nuestras vidas, pero también está la presión social: “¿Cuándo tendrás un hijo?”. “Deberías tener un hijo para que sientas que existe alguien por quien luchar”. “¿Quién va a cuidarte cuando estés vieja?”.

Era mi tía, en una reunión familiar. Era una amiga cada vez que nos escribíamos en el chat. Era mi madre cada domingo.

Al inicio afronté la situación con un poco de humor y crueldad: he de matar al guagua.

Luego con indiferencia, no respondía las insinuaciones y cambiaba de tema. Después ensayé respuestas defensivas que rayaban en la grosería: me gusta la putería y esto no hay chance cuando tienes hijos.

Un día entendí que no debía defender mi posición. Y dejé de responder. No había ninguna razón de peso, simplemente no quería ser madre.

No me gusta la cocina, no me gusta lavar, planchar, barrer, quitar polvos, limpiar.

Disfruto al quedarme en la cama un sábado en la mañana, leyendo o viendo la televisión.

Amo desconectarme del mundo, ir a una ciudad cualquiera y pasear, encerrarme un fin de semana en un hotel sin nadie que me pregunte nada. Me gusta comer y, cuando deseo, conversar con alguien.

Así que con esas premisas claras en mi vida, me pregunté: ¿Un niño en mi vida, un niño mío? No, ni siquiera me lo imaginaba.

Pero llegó el momento en que los métodos anticonceptivos dejaron de hacer lo suyo. Y días antes de la navidad del 2012 me enteré de mi embarazo.

Aún escucho mi vida rompiéndose en cámara lenta, como si se trizara una ventana.

Lloré con desesperanza. Me vacié poco a poco. Aún siento que me duele la cabeza recordando esos momentos.

Se lleva las manos a la cabeza, se reacomoda en la silla y bebe un poco más de té.

Une las manos como si fuera a rezar.

Pocas personas supieron sobre el embarazo, pero casi nadie entendió la realidad de lo que pasaba por mi cabeza y mi alma.

El padre del bebé, mi novio, mi amante, mi pareja, vivía su propio drama, ajeno a lo que me pasaba.

Él estaba en Ibarra, buscando a su abuelo, que sufría de Alzhaimer. Había salido de casa hace dos días y no lo encontraban. No me pareció un buen momento para hablar de embarazos.

Pero las cuatro primeras personas que lo supieron estaban contentas, muy contentas.

Me felicitaban, imaginaban que sería una niña, que debería buscar ayuda para criarla mientras yo trabajara. Incluso habían elegido la escuela donde ingresaría y ya barajaban qué nombre ponerla.

Sin embargo, dicen que el camino está escrito. Y Dios o la naturaleza o mi energía interna creyeron lo mismo que yo: no nací para ser mamá. Tía, sí. Hermana, también. Amiga, sin dudarlo.

Se conmueve, según deja ver en su rostro. Se sienta y pone la espalda más erguida, sonríe y se arregla la ropa. Pero enseguida vuelve a la actitud: serenidad absoluta, lineal, hablar pausado, tono de voz amigable.

El día en que decidí dejar de llorar y lamentarme por un embarazo que no quería, que no deseaba, que no estaba planeado, pero que ya estaba dentro de mí, viví una pesadilla que no deseo que se repita jamás.

Respiré profundo y pensé que si los demás veían una bendición en ese embarazo era posible que pudiera tranquilizarme y alegrarme. Tomé fuerzas y se lo dije a mi familia. Más felicitaciones, más abrazos, más bendiciones, más alegría. Yo sonreía, no sé por qué. Pensé que quizás ya no estaría sola, aunque la verdad nunca lo estuve ni sufrí por ello.

Hace una mueca, mueve la cabeza de un lado a otro y suspira: dice que la aprobación de los demás le importaba más de lo que creía.

Una noche noté pequeñas manchas en mi interior. Eran color café oscuro y sentía unas punzadas en el vientre.

Al día siguiente mi hermana me acompañó al médico. Todo el día pasamos en el hospital del Seguro Social de Carcelén.

Chequeos, pruebas, exámenes… Un médico me preguntó si estaba segura de mi embarazo. No entendí por qué la pregunta, pero le respondí que sí.

El doctor, un chiquillo de no más de 25 años, me explicó que las cosas no iban bien, no encontraban el embrión –así le llamó, embrión-.

Pero si el conteo hormonal indicaba que estaba encinta, explicó que podía deberse a tres causas: que en realidad no estuviera embarazada, que el embarazo estuviera fuera de la matriz o que sufriera alguna enfermedad. Alterada, sin entender bien lo que pasaba, el médico me envió a casa y me pidió que volviera dos días después para un nuevo control.

Se levanta, camina y prepara más té. Le gusta el que viene listo: hervir el agua y colocar el instantáneo. Es práctico, dice, está listo en menos de cinco minutos. Decide recostarse en uno de los sillones de la sala. Ahí recibe a sus visitas. El ambiente tiene piso de madera, a un lado está un escritorio donde descansa su computadora, al otro lado hay tres sillones tapizados con tela color turquesa y estampadas con flores de color concho de vino, está un equipo de sonido, un florero con rosas anaranjadas y un florero alto con sigzes y hojas de eucalipto.

Dos días después fui al médico, pero esta vez a uno particular. El doctor (prefiero guardar su nombre) me hizo una ecografía y me pidió unos exámenes. En el laboratorio pasé por un eco endovaginal y me informaron que, en efecto, tenía un embarazo fuera de la matriz.

El embrión –volvieron a llamarlo así- estaba en la trompa de falopio. No podría llegar a término, aunque existía la posibilidad de mover el embrión hacia el útero.

No lo pensé ni lo consulté. Era un bebé que posiblemente nunca nacería. Tomé la decisión. El médico me recetó medicinas para provocarme un aborto, pero no hubo resultados. Tres días después, me hospitalizaron y operaron.

– ¿No te dolió? Digo, perder un hijo…

Dolía la sonda que me colocaron. Tuvieron que sacármela para que vaya al baño.

– ¿Cómo era la clínica a la que fuiste?

¿Esperarías que fuera un lugar clandestino, sucio, feo? Pues no. Es una clínica particular, todo limpio, en orden, con el personal y los equipos necesarios. Estuve en una habitación privada, con  televisor. En la sala de operaciones estaban la enfermera, el anestesiólogo, el médico que me operó y un montón de equipos. Llegué en un taxi, me operaron, me atendieron, pagué, me dieron factura y me fui en otro taxi.

– ¿Lloraste?

Lloré por aquel no nacido que había alegrado a todos, menos a mí. Lloré en casa porque mis papás nunca disfrutarían de su nieta, mis hermanas de su sobrina, mis sobrinos de su prima. Lloré, pero no lo hice por mi hija, no la sentí, no la viví. Era un embrión, eso dijeron los médicos.

– ¿Te arrepientes?

Sonríe, guarda silencio por unos segundos, asienta con la cabeza y empieza a hablar: me pregunto qué habría pasado si ese bebé nacía, qué sería de mi vida. Pero no me arrepiento.

– ¿Y tu pareja?

Él está bien. Siempre está conmigo y somos extrañamente felices.

Cuando volví a casa, una semana después, al fin pude hablar con él de la niña que no nació.

Me acurruqué y le dije: aborté.

En silencio, me abrazó y me besó. Hice lo que fue mejor para mí.

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*Catherine Peñafiel, periodista y miembro de loscronistas.org