Por Karina Mejía*

¿Había sido buena idea quedarse a desayunar con él?

¿Habían valido la pena los billones de segundos acumulados reciclando recuerdos?

Era inminente que aún se amaban pero, ¿era un amor tan insuperable como habían idealizado?

Y una pregunta implícita siempre en el aire: ¿por qué no pudo ser? ¿Valía la pena intentar responderla?

Tantos sentimientos que Sarah no lograba descifrar…

¿Era un silencio incómodo o confortable?

Conversación que surgía casi de manera forzada, pese a que tenían tanto y tan poco que decirse.

Tantos años después y juntos nuevamente en un café cualquiera: croissants insalubres, café que no quema, nubes mentales.

La sensación es más de desconcierto que de alegría.

El corazón latente, las manos húmedas, el cuerpo acelerado.

Recuerdos compartidos y difusos, realidades distintas imaginadas, intentos de descifrar el pasado, de formar el ayer con retazos, piezas de rompecabezas que nunca más encontraron.

Es difícil intentar entender qué pasa por la cabeza de él: parecía, más bien, de acuerdo con la escena de esa mañana…

La recordaba desnuda en la cama, plácida y sin conflictos.

Agitadamente calmada, ese era su objetivo.

Para ella nada era tan sencillo. “Tú me haces falta sin ti las noches son un fantasma son un castigo/ Tú me haces falta si tengo amores que sean contigo/ Tú me haces falta/ Tú me haces falta/ por eso vuelvo por el recuerdo de lo vivido/ Tú me haces falta desde el momento en que di contigo tú me haces tanta falta amor”. Eddie Santiago (Tú me haces falta)

La noche anterior habían hablado mucho, pero nada al mismo tiempo. Fue difícil resumir extrañarse 30 años.

Intentaron contarse los momentos en que se necesitaron, pero no sabían si estaban redundando o si era necesario repetirse lo que ya se habían dicho de otras formas.

La conversación en el motel, en ciertos momentos, fue difícil. Siempre se podría cruzar la invisible línea entre el dolor y la alegría, el coqueteo y la ofensa, el amor y el olvido.

Cuando él le dijo: “Este cuerpo tuyo que me pertenece fue habitado por tanto tiempo por otro hombre” ella respondió con una frase que evidenció inteligencia y lógica, pero que nadie supo a cuál de los dos lastimó más.

La pregunta de cajón: ¿eres feliz? y una respuesta políticamente correcta: “estoy satisfecho y agradecido de mi vida”.

Ella odió esa respuesta. ¿Si él estaba tan satisfecho con su vida, en qué parte de la insatisfacción podía alojar ella?

Entonces, Tomás la atacó con más fuerza aún: ¿y tú eres feliz?

Y como las mujeres creemos que las venganzas son dulces, pero no nos damos cuenta que no se puede lastimar siempre al otro con la misma pistola, la respuesta fue: “por supuesto que lo soy…”, pero la falta de sinceridad no le dio argumentos para fundamentar la respuesta.

Él, que sabía predecir muy bien las tempestades, optó por cambiar la conversación y condujo a Sarah hacia un lugar en la mente de ambos en que los dos sabían que estarían más confortables.

-Aún puedo recordar aquella mañana desayunando en el café…

-¿Sabes?, esos secretos son solo de los dos.

¿Y ahora qué? ¿Vivirían felices para siempre?

A veces la vida es más compleja.

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*Karina Mejía, joven escritora ecuatoriana residente en Chile, es colaboradora permanente de loscronistas.org