Por Angélica Morales*

UNO

LA ABUELA INÉS

Cualquier día de estos voy a entrar a una tienda para comprar un pantalón elástico y negro y, si es posible, que lleve uno de esos tejidos revolucionarios que hacen que el culo parezca más firme, como el de una veinteañera. Pero aunque quisiera tener veinte años ya no es posible regresar a esa espiral huracanada que es la juventud. Ahora me canso por todo, siento que mis piernas son dos trenes de mercancías estacionados en algún lugar que nadie conoce, besando la luz del polvo y el olvido. Es gracioso, pero por momentos las arrojo al otro lado de mi pensamiento, sobre todo cuando siento ese insoportable dolor en las rodillas que hace que me tambalee y tenga que buscar un punto de apoyo. Al principio me costó habituarme al uso del bastón; ahora es parte de mí, mucho más práctico que uno de esos novios de los que suele colgarse mi nieta.

Mi nieta se llama Ámbar y tiene los ojos grises. Se peina con la raya a un lado y usa tintes de distinto color. Antes quería ser médico, cuando apenas sabía hablar y me hacía jugar con ella a que el cuarto era un consultorio. Yo le prestaba una camisa blanca de mi difunto Antonio y me sentaba en un silla con las piernas muy juntas viendo como Ámbar colocaba objetos inservibles sobre la mesilla. Solía tomarme el pulso con una goma de borrar y después garabateaba en el papel algo parecido a una receta.

Si yo le preguntaba que qué enfermedad tenía, ella contestaba que nada, que todo estaba en su orden, que volviera mañana. Y así pasábamos el rato hasta que la olla exprés se ponía a silbar o el teléfono interrumpía nuestro juego. Ahora Ámbar ha dejado sus estudios y cuando yo le recuerdo el episodio de la consulta médica, ella se encoge de hombros y dice que no se acuerda, mastica chiche, hace un globo y repite: “Pues no me acuerdo”.

Nos queremos mi nieta y yo. Al menos como debe quererse la familia, aunque a veces nuestra familia se convierta en una soga y llegue a asfixiarnos. Yo también hubiese querido ser médico o estudiar cualquier otra carrera que me hubiese convertido en una mujer libre, en cambio tuve que dejarlo todo para ponerme a servir, porque mi madre murió cuando yo tenía apenas trece años y mi padre nunca supo muy bien cómo sacarme adelante.

Sé leer. Leo mucho. Sé escribir. Los domingos imagino en la soledad de mi habitación que juego a ser escritora y, al igual que Ámbar, me pongo a acumular viejos libros sobre la mesa y a garabatear frases tontas sobre un papel que casi siempre tiene huellas de aceite.

Pero la que más me preocupa es mi hija Lucía. Se acaba de divorciar y anda muy suelta, como vaca sin cencerro o como cualquier animal que no se encuentra. Ahora le ha dado por comprarse sombreros y pintarse la raya de los ojos de un negro muy intenso. Da igual la hora que sea, mi Lucía siempre tiene el aspecto de una actriz de telenovelas, toda pintarrajeada, mano sobre mano en el sofá, ojeando ofertas de empleo o haciendo zaping sin parar. Me preocupa porque ella sí tiene estudios. A ella sí pude darle una carrera que ahora ya no es nada, polvo en su memoria, como estas piernas mías que crujen al levantarme. La echaron del trabajo, a mi Lucía. Un buen día cerraron la empresa en la que trabajaba y todo se quedó en nada. Su vida se convirtió en una jaula y pronto empezó a pelear con su marido, un chico muy bueno pero que dijo hasta aquí hemos llegado, Luci. Así que mi hija se vino a vivir conmigo y trajo con ella a Ámbar. Todas estamos intentando buscar nuestro sitio en esta casa de sesenta metros, por eso hay días en que no encuentro mis cosas, en que antes de llegar al baño me he orinado en las bragas, en que olvido añadir dos puñaditos de arroz más a la paella o comprar una caja de tampax para Ámbar. He tenido que aprender a vivir muy rápido dentro de este silencio mío. He de correr en mis dolores y poner buena cara cuando Ámbar llega tarde los sábados por la noche o Lucía se niega a sacarle brillo a los candelabros. Por eso escribo, por eso le he empezado a tomar el pulso a esta pluma que le regalaron a mi Antonio cuando cumplió cincuenta años como cartero.

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Angélica Morales: Mujeres rotasTeruel (España): TerueliGRáfica, 2018. ISBN 978-84-09-01699-0

loscronistas.org tiene el orgullo de publicar el primer capítulo de la novela Mujeres rotas, de la escritora española Angélica Morales, colaboradora permanente de este portal digital.

Mujeres rotas fue finalista en el reciente premio Planeta de Novela 2017, en España.

Información y comentarios sobre la novela en el blog:

https://angelicamorales.wordpress.com/tag/mujeres-rotas/