Por Alexis Ponce*
Es un ‘chamito’, un niño alto y morenito de 12 años de edad.
Llegó al Ecuador con su mamá. Dos venezolanos, dos solitos desde el tropical caribe al frío de los congelados anocheceres andinos.
Vinieron tiempo atrás, huyendo en bus y a pie de la inminente miseria, del no futuro, de esa impostura trágica que otros se empecinan en seguir llamando “revolución” (por mi parte, ya no más).
Ella, Yasmagly Nayid, en Quito trabajó de todo: aseando pisos, dejando relucientes baños y pasillos, atendiendo con esmero de exiliada cada baldosa y recodo, con barrida, jabón y balde, en varios locales de la ciudad.
El nene la acompañaba en el oficio y pronto ambos se ganaron el cariño de patrones, colegas y vecinos.
Los dositos vinieron juntos: ella, la madre jefa de hogar. Él, su único hijo.
A diferencia de nuestros millones de exiliados que, en su inmensa mayoría, viajaron sin sus guaguas, solos, sin esposa o marido ni hijos en las décadas del 70, 80 y 90, las familias venecas (y cubanas), en la medida de lo posible, emigran juntos, unidos, sin dejar a los críos nunca, o casi nunca, pues “aunque sea pa’ ir a comer mierda, nos vamos juntos, sin separarnos nunca”.
El nene y su mamá vivían al norte de la capital ecuatoriana, a la espera de conseguir el permiso de residencia laboral permanente o el boleto de viaje al Sur del continente, o -si se hiciera el milagro-, esperando ir al Norte industrializado, al Canadá, donde vive su única hermana, porque soñar es un derecho humano. Y migrar también.
Ambos aguantaban fríos, a veces malas caras, expresiones xenofóbicas, y esa honda tristeza que provoca el desarraigo de su lugar natal.
Po si no se acuerdan los ecuatorianos que ya olvidaron nuestro propio destierro desde 1999, no es que a los emigrantes “les gusta” dejar su hogar, su país, su gente, su familia, su entorno.
Si lo dejan es por razones muy fuertes, como el no futuro o la esperanza de mejorar.
Al pasar de los meses, ella, la mamá, pudo encontrar personas buenas, que la auxiliaron para darle trabajo en dos instituciones privadas muy reconocidas.
Y llegó un día martes…
Después de intensas jornadas laborales, Yasmagly entró a la ducha a bañarse, como siempre.
Allí falleció de un infarto masivo, en la propia bañera de la vivienda que arrendaban.
El niño permaneció mirando el cadáver de la madre durante horas hasta que llegaron vecinos, curiosos y amigos de las empresas donde laboró. El niño se llama A.
La única tía, hermana de sangre de la fallecida, al conocer la tragedia, no pudo viajar desde el Canadá.
Era urgente el auxilio para que el niño pudiera ser atendido, apoyado y abrazado, para que logre viajar lo antes posible a donde vive aquella tía única en Canadá, quien no pudo venir a Quito por falta de recursos.
(En este instante preciso, quiero agradecer a la amiga querida que me llamó a contar el caso y que auxilió con su empresa a la muchacha fallecida: respeto su petición de anonimato, pero ella sabe que la abrazo.
(Y quiero abrazar, en señal de agradecimiento, a Natasha Montero y a la Junta Metropolitana de Protección de Derechos de la Niñez y la Adolescencia, que me consta hacen un trabajo maravilloso, sin importar la hora, el día, la lluvia, el sol, el todo y la nada.
(Yo conocí su generosa intervención en un caso de desaparición y trata y afortunado rescate y retorno a casa de mi hermana y mi sobrina. Por eso reafirmo: Natasha es una mujer espectacular, una luchadora que adoro más allá del tiempo).
Epílogo: el lunes fue tristísimo conocer y acompañar al niño.
El ‘chamito’ huérfano, en el funeral más solitario del mundo: estaban a su lado algunas primas lejanas que lloraban y que viven su propio drama en el Ecuador.
Las abracé y saludé como pude a las tres mujeres. Estaba un tío llegado del Canadá para intentar que el niño pudiera viajar, apoyado por el Estado y la sociedad, a reunirse con la tía de sangre. Estaban otros emigrantes venezolanos y ecuatorianos nobles, generosos, lindamente sensibles, que habían conocido a la difunta y al niño.
Al acercarme a su sillita donde hacía guardia al ataúd y saludarlo, me abrazó sin conocerme.
Solo mi hija, la Tahís, me abraza así de fuerte.
Fue el desesperado abrazo de la orfandad: así fue el abracito que me dio este niño moreno de nombre bíblico.
Me senté en la última fila de la salita, ubicada en la funeraria frente al edificio del canal Teleamazonas, en la avenida América, y entonces me puse a llorar, ladeando el rostro a la pared para que nadie vea mis tantas lágrimas.
Pensé en la infame campaña xenófoba de políticos repugnantes y redes sociales ídem.
Tuve vergüenza de ser ecuatoriano: al taxista que me llevó le tuve que ponerlo en su sitio cuando sin saber cómo yo reaccionaría, al ver cruzar dos venecos, los trató como neonazi español a ecuatorianos en Murcia.
“Vengan, xenófobos -daba ganas de decir-, vengan aldeanos del siglo XXI, ignorantes y mezquinos. Vengan, señor Páez, señora Galarza, a esta sala  humilde, frugal, llena de tristeza infantil y abrazos de orfandad”.
Los funerales costeó la empresa donde ya no trabajaba la chica muerta, pero, igual apoyó en esta tragedia, con generosidad y compasión por el niño.
A cambio de miles de xenófobas redes sociales neonazis y parroquianas, hay ecuatorianos y ecuatorianas dignos de llamarse seres humanos.
El nene requiere irse del Ecuador, un país que, con excepciones, no presta condiciones para asistir, proteger, victimizar y discriminar a un niño que debería procesar en paz su luto y desarraigo. Tampoco puede volver a Venezuela, inviable opción, tan como la muerte.
INTERÉS SUPERIOR
El niño es un interés superior por ser de atención prioritaria y doble vulnerabilidad.
Tiene derecho a la reunificación familiar con la tía que vive en Canadá y lo está esperando.
Vivió y vive una tragedia. Canadá no puede cerrarle las puertas.
Ecuador debe ayudarlo a viajar. Quedamos en volvernos a ver, antes de que viaje, si logra viajar.
Y llevarlos, a él, su tío y sus primitas a probar el mejor chocolate caliente del mundo, en La Ronda, barrio donde mi infancia jamás conoció fronteras, banderas, nacionalismos, xenofobias ni odios.
Nunca olvidaré el abrazo del niño venequito. Nunca.
* * * *
Posdata final: 10.09.2018, 5 pm
 Queridos amigos y amadas amigas guerreras de la solidaridad; queridas todas y todos: Hoy, lunes 10.09.2018, Emil, el tío político de nuestro chamito venezolano, quien llegó para los funerales y a preparar el viaje de A., y al que lo puse en contacto con distintas entidades y amistades, me contó que informaron la tragedia e hicieron venir al padre del niño, quien se hallaba en Colombia, igual como migrante, y que no convivía con la madre hace varios años.
Añadió que el padre vino, que no se separan ni un instante y que por tanto, la familia en pleno, tanto la tía en Canadá como los dos hombres adultos (tío y padre), las primas y con el niño, decidieron que en este tiempo lo mejor es que, en este inicial período tan fuerte de luto, y por la necesidad de que tenga la figura paterna con él, vivieran juntos.
Por tres meses como mínimo -y por consenso- moverán los papeles y requisitos para poder viajar el niño a fines de año al Canadá desde Colombia, por ser un país con menos complejidades y trabas que el Ecuador para resolver el tema.
Agradecen la solidaridad de mi Natasha Montero y que Dios los bendiga a todos.
Este día ha salido rumbo al Canadá el tío, y nuestro niño y su papá salen igual a Bogotá mañana, donde les ofrecí contactos (Mujeres Contando) en DD.HH., Niñez y Refugio para que logren concretar apoyos.
Mil gracias a todas, a todos, por su solidaridad, por difundir esta carta, por sentir con el corazón. Las y los amo con mi vida.
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*Alexis Ponce es ecuatoriano, activista social.