Por Víctor Vizuete*

Cuando el sol se apagaba se encendía La Lagartera, nido de los bohemios, músicos, poetas y locos guayaquileños.

A este retazo de la calle Lorenzo de Garaycoa, limitado entre la Luque y la Colón, llegaban –y llegan- no solo guayacos sino cholos, chagras, montuvios, chullas, morlacos…

Extranjeros también caen por ahí, especialmente aquellos que tienen en el alma el gen de la nostalgia y un currículo de amores no cumplidos. Son peruanos, colombianos, cubanos, argentinos…

La Lagartera ha sido y es el búnker casi centenario (hay registros desde 1930) de quienes entonan un instrumento musical o cantan con hermosas voces.

Es el lugar al que acuden los enamorados más fogosos, los enloquecidos por conquistar a una dama esquiva o los desesperados por un amor que se aleja.

Ellos contratan, a precios accesibles, a muy buenos intérpretes y llevan serenatas para quien está en su corazón y, quizás, probar que así si se trastoca el destino.

Con la entrada de la noche se enciende La Lagartera.

Era la hora de José Jaramillo Laurido, por ejemplo. Invariablemente, como a las 8 de la noche, este trovador nacido el 15 de diciembre de 1933, entre las calles Capitán Nájera y Santa Elena, prendía su voz profunda y grave, de tenor, y empapelaba la noche con pasillos, boleros y tangos que calaban los espíritus.

Con apenas 15 años y huérfano desde los 7, fue el más viejo del cubil musiquero. Le acolitaban artífices de su misma catadura como Olimpo Cárdenas, Plutarco y Alejandro Uquillas, Rosalino Quinteros…

En algunas jornadas iba con su hermano menor, Julio, el zapatero, quien daba las afinaciones definitivas a esa voz intimista y aterciopelada, como de susurro, que con los años lo convertiría en un ídolo latinoamericano.

Fueron largas e innumerables noches de canciones, romances y tragos, recordaba Pepe meses antes de morir en su pequeño departamento de un conjunto popular ubicado en Chillogallo, al sur de Quito.

Jornadas que terminaban con la serenata de cada día o puñetizas ocasionales, gazapeaba el maestro con voz desafinada por el trajín y la enfermedad.

A los 15, Pepe ya era un artista conocido. Pertenecía al elenco del American Park, el tradicional espacio de diversiones guayaquileño. En esa carpa actuaba junto a Cárdenas, a Fresia Saavedra, a las Hermanas Mendoza Sangurima, a la orquesta Blacio Jr…

Con 17 cumplidos realiza su primera vuelta del músico, sin más guía que la rosa de los vientos.

Con Alejandro Uquillas conforma el Dúo Guayaquil y se lanza a conquista de otros mundos. No llegan muy lejos, pero la experiencia es singular.

Dos años más tarde, con el Trío Emperador, emprende un nuevo periplo. Esta vez en canoa, vía Esmeraldas-Tumaco, y terminan en un buque anodino. Recorrieron toda la costa pacífica colombiana pero anclaron finalmente en Cali, luego de cantar también en Pasto, Buga y Popayán.

En Cali se desintegra el grupo y Pepe se dedica a musiquear solo. En ese lapso vivió de su habilidad como requintista. Acompañó a los ases del momento como Raúl ‘Show’ Moreno y Manolo Piedrahíta. También estudió un par de años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del Valle.

La música le impulsó a abandonar sus estudios y a embarcarse en otra aventura musical junto a los monstruos cubanos del bolero Daniel Santos y Benny Moore y a su hermano Julio, que ya brillaba con luz propia.

Para ese tiempo, Pepe ya había grabado varios de los 50 LP y 12 discos compactos que produjo. El primero salió en 1950, en Pereira, Colombia, con el pasillo Eterno amor, del compositor Carlos Solís Morán.

Por esos años ya tenía de sus 14 hijos (“todos reconocidos y ninguno músico, gracias a Dios”) porque al igual que su hermano, el Ruiseñor de América, Pepe fue mujeriego contumaz.

“Eso es herencia de mi abuelo materno, quien solamente tuvo 47 retoños”, reconocía con una sonrisa pícara y cómplice en la conversación que tuvimos en su casa.

De regreso al terruño, Pepe continuó con las tareas que le causaban más placer y alegría: cantar y tener hijos.

Lo llamaban “El Señor del pasillo ecuatoriano”. Para músicos de alto calado, como el maestro Paco Godoy, Pepe ha sido la mejor voz ecuatoriana después de la del gigante Luis Alberto “Potolo” Valencia.

El tiempo y las enfermedades, que lo aquejaron en su último tramo, silenciaron su voz de abrazos en 2006, cuando tenía 73 años y no resistió una hemorragia cerebral.

Pero su voz, su manera de interpretar, sus tonalidades, lo mantienen vivo entre quienes aman el pasillo.

Y aquella voz eterna cobijará a todos quienes gocen o lloren de amor en la calles Garaycoa, entre Luque y Colón. Ahí está, ahí sigue La Lagartera.

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*Víctor Vizuete, periodista ecuatoriano, pertenece al equipo de contadores de historias de loscronistas.org