Víctor Vizuete E.*

 La selva mata. Esa gigantesca extensión pletórica de vida -tal vez el último paraíso que le queda al ser humano- se puede convertir en un infierno. En el infierno verde. En la zona veneno, como la han bautizado los combatientes ecuatorianos.

Enquistado en medio de ese laberinto lleno de árboles milenarios gigantes y miles de plantas endémicas de valor incalculable, como taladrando la impenetrable espesura, se abre un descampado.

Es un campamento simple y sencillo compuesto por varios galpones que sirven de dormitorios, otro un poco más elaborado –y mejor camuflado- destinado a la logística y el parque armado, algunos rudimentarios helipuertos y, como un símbolo, el glorioso emblema amarillo, azul y rojo flotando airoso en medio de la plaza.

Ubicado en la cota más alta de la cordillera se alza el vigía del ejército ecuatoriano en su frontera amazónica: el Cóndor Mirador.

Esta atalaya natural permite la observación en 180 grados de toda la cuenca del río Cenepa, que nace como un hilo plateado 10 kilómetros más abajo y corre raudo hacia su encuentro con el río madre, el río quiteño: el Amazonas.

En sus orillas se observan pequeñísimos puntos blancos, como nidos de colibríes: son los destacamentos militares ecuatorianos y peruanos, ubicados frente a frente a lo largo de todo el trayecto. Teniente Ortiz, Soldado Monge, Coangos por el lado ecuatoriano; Soldado Pástor, Teniente Vargas y otros, por el peruano.

Más arriba del destacamento, en cambio, confundidos con el follaje y formando una indisoluble unidad con la tierra, los soldados ecuatorianos totalmente camuflados entre la floresta. Casi invisibles.

Atrincherados y armados, vigilan las 24 horas del día cualquier movimiento anormal, cualquier sonido fuera de tono, por más ínfimo que fuere.

La mayoría de combatientes son soldados veteranos, pero hay un contingente de conscriptos de la última leva (1976): guayacos, manabas, ambateños, pastusos y quiteños hermanados con oriundos de Sucúa, Méndez, Limón Indanza, Santiago… Todos fraternalmente unidos por la patria.

Como luciérnagas gigantes que los guían e iluminan en esa tierra hostil y veleidosa, brillan los iwias y charapas, diablos de la selva.

Esos soldados –shuar y achuar, principalmente-, acostumbrados como están a las voces de la selva, saben dónde se ha quebrado una rama, dónde se ha encendido una fogata, dónde ha atacado una serpiente, por dónde corre el hilo de agua…, por donde ha pasado o pasará el enemigo.

Dispersos por toda el área y ocupando los sitios menos imaginables están los misiles antiaéreos.

Los búnkers de uglas y otros tipos de proyectiles más sofisticados están diseminados estratégicamente en lo más espeso de la selva, dispuestos, cual fantasmas vengadores, a repeler cualquier bombardeo.

Vigilantes del espacio aéreo, están prestos, a la menor insinuación de ataque, a despachar su mortífera carga contra el avión o el helicóptero invasor.

En las cocinas, jóvenes chefs se encargan de destajar una res mientras, a su lado, otros soldados cocineros igual de púberes fríen una tonelada de papas y maduros en una paila tan grande como la boca de un cañón.

A un costado, esperando su contribución para la causa, una ingente cantidad de frutas… Papayas, naranjas, naranjillas, mandarinas, tomates riñón… Es lo que produce la tierra al servicio de los hombres que la defienden y que, en su gran mayoría, han sido donadas por los patriotas civiles de las zonas aledañas o residentes de los pueblitos por donde pasan los camiones militares que entran o salen de Mirador.

Los soldados llevan muchas noches sin dormir. Muchos días de estar en alerta máxima ante una eventual infiltración de patrullas o una incursión aérea.

Pero estas condicionantes no han cambiado su ánimo. La moral crece a medida que arrecian las agresiones sureñas. Y hasta se dan tiempo para reír y para soñar. El recuerdo de sus seres queridos está tan prendido a su alma como el fusil FAL y las granadas a sus manos.

Combaten con el corazón. Combaten para que sus mujeres y sus hijos se sientan orgullosos de su soldado valiente. Para ser quienes siembran una tierra libre que puedan llamar suya.

Combates, incursiones aéreas, ataques… Eso fue lo que sucedió el jueves 2 de febrero de 1995, como a las dos de la tarde.

Media hora antes se había entonado el himno nacional e izado con devoción el estandarte tricolor por parte de todos los soldados y 23 periodistas de diversas nacionalidades que habían llegado horas antes.

El sol cae a plomo, con un peso cálido y asfixiante. La tarde se muestra densa y húmeda como los ponchos de los soldados bajo la lluvia.

De pronto, el modoso ambiente cambia radicalmente y la tensión aumenta. El incesante pero silencioso vaivén adquiere un ritmo desenfrenado y el aire se puede cortar con un cuchillo.

Se declara la alerta roja. Hay amenaza de bombardeo. El temor y el coraje se confunden en un solo sentimiento. Se refuerzan los sitios de vigilancia. Se camuflan las cocinas y todos los equipos que pueden volverse un blanco fácil. Se comprueba el funcionamiento de las minas y se activan los misiles.

En las trincheras, los guerreros aguzan sus sentidos. Ojos y oídos de la selva están fijos en el horizonte. Una contenida impaciencia hace presa de los dedos índice de los combatientes que, a la menor insinuación de ataque, apretarán los gatillos de fusiles, metrallas y cañones.

Los periodistas somos evacuados. Sin contemplaciones. Nos embarcan en el camión Mercedes Benz verde olivo en el cual llegamos y que ahora parte raudo a Gualaquiza. La seguridad es la prioridad máxima, nos diría más tarde el mayor Iván Borja: “No podemos correr ningún riesgo en ese sentido”.

A los 15 minutos de abandonar Cóndor Mirador se produce el ataque. Somos testigos del rasante vuelo del ala de cuervo de un avión peruano y del impacto de tres misiles cuyos estruendos retumban a distancia pero se los siente demasiado cerca.

Un sentimiento de rebeldía se acuna en los corazones de los periodistas ecuatorianos que viajamos en el vehículo y, aunque impotentes, sentimos el fuego de la sangre.

Más tarde, en Gualaquiza, nos enteramos que dos aviones T33 de fabricación rusa realizaron el ataque, escoltados por dos helicópteros artillados.

El aire, melancólico y acongojado, susurra su responso de elegía entre las copas de los árboles.

 Los cóndores 

Acurrucados como si estuvieran en el útero materno, Víctor y Juan son los encargados del cañón antiaéreo en Cóndor Mirador.

El primero es nativo de Latacunga (Cotopaxi) y el segundo de El Pangui, provincia de Zamora. No obstante, se saben hijos de la misma madre: la patria. Los dos son solteros y tienen familia y novia. El rostro de terneros que tienen delata su edad. Acaban de cumplir los 18 años.

Realizaban el servicio militar obligatorio en el batallón Cóndor 21 de Patuca, Morona Santiago, cuando fueron seleccionados para defender esta plaza. En El Pangui y Latacunga quedaron sus pertenencias y afectos. Hoy, su amor está aquí, en el suelo que el enemigo trata de usurpar.

No han tenido relevo desde que llegaron. Esperan que el conflicto acabe pronto y regresar, como dice Facundo Cabral, “donde mi madre y mis amigos y mis perros que nunca me olvidaron”.

Pero hasta que eso suceda, ellos están en cuerpo y alma al servicio de la nación. Y si es preciso, “ofrendaremos la vida para que crezca y se mantenga”, dice Víctor, el más extrovertido.

Un poco más allá, escondido en una trinchera y realizando su atenta labor de vigilancia, está el sargento primero Víctor Hugo.

Extraña a su esposa, a sus dos hijos y a su madre, pero dice que todo lo que está haciendo es por ellos. Esa convicción le da mayor fuerza para defender el suelo patrio y para que sus familiares, si es que muriera, se sientan orgullosos. “Que se enteren que he caído, pero en la lucha, no corriendo como gallina”.

La convicción de los soldados ecuatorianos es nunca más dejar el territorio sea mancillado, para que las nuevas generaciones digan que el suelo se ha cercenado por la cobardía de sus padres. Para que piensen: “Mi padre murió luchando por un pedazo de tierra para nosotros. Por hacernos libres”.

 La confesión de Caricielo

 Más que camuflado, en los búnkers de los misiles se encuentra Caricielo, un soldado veterano que antes combatió en Paquisha.

Este soldado profesional, bautizado como ‘Caricielo’ por el níveo color de su piel, está dispuesto a todo.

Al soldado ecuatoriano le toca hacer lo mismo que el peruano: defender su vida y disparar primero.

Está apenado por los compañeros que han caído y a la vez contento, porque no se ha cedido ni un solo centímetro de territorio. “Ya no somos los mismos de antes. Ya no creemos en engaños y no daremos un paso atrás”.

“El miedo es normal, pero solo hasta ver la pólvora y sentir cómo silban las primeras balas que pasan sobre nuestras cabezas. Después, uno solo espera encontrar al enemigo para morderle la oreja. Entonces es su vida o la mía. El primero que lo ve en su mira tiene que bajarle al otro, con el dolor del alma”, expresa.

“El soldado ecuatoriano no tiene la intención de matar. Nosotros defendemos nuestras posiciones y territorio. Se trata de no dejar que el enemigo penetre”.

¿Que si extraño a mi familia? Le respondo sinceramente: este momento lo único que pienso es en mí mismo, en salvar mi vida. A mi familia la llevo en mi corazón, pero solo pienso en defenderme, en dejar al enemigo en blanca, en no dar un milímetro de ventaja. Suena enérgico y contundente.

La vida en la trinchera es limitada y tensionante. Sacar la cabeza puede significar que el enemigo nos mate. “Es emocionante enterarse que todo el país nos apoya firmemente. Hasta aquí no llega la radio, peor la televisión. En nuestras trincheras, para sobrevivir, no debemos hacer ruido. Nos enteramos de ese fervor popular por ustedes o por compañeros que nos traen vituallas y pertrechos. Y eso nos conmueve”.

Caricielo se enconcha en su trinchera y acaricia los misiles como si fueran sus hijos, aquellos niños que se quedaron en la ciudad a la espera de que su padre regrese victorioso y sano.

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*Víctor Vizuete, periodista ecuatoriano, trabajó en diario El Comercio como editor. Hoy pertenece al equipo de loscronistas.org