Por Angélica Morales*

Te recuerdo así:

Grave,

la tos abriéndose paso entre una multitud que orina de cara a las lámparas,

un pañuelo arrugado surcando la cicatriz de tu cuello.

(Aquella cicatriz que compramos en nuestro viaje a Islandia/

llovía y tú atropellaste un perro con la voz).

Abro los ojos y miro hacia adentro de tus retratos.

Lo que busco son acciones cotidianas

que ahora descansan junto al polvo de tu calavera y tus zapatos.

Usabas un número impar

y te gustaba sacarle brillo a la punta de una manzana.

Te recuerdo ausente,

(nocturno y solo recorriendo con tu lengua el cuerpo muerto de un niño japonés

que descansa sobre un lienzo/

el lienzo cuesta un millón de dólares/

el niño japonés muerto no existió jamás).

Te recuerdo detenido en el peso del alcohol o la palabra,

con el humo de un cigarrillo brillando en tu camisa,

sin ganas de comer o salir al patio,

enfermo de una enfermedad sin nombre

incurable/ transitada por putas y pájaros adictos a los juegos de rol.

Tal vez un día,

sin que tú te dieras cuenta,

te picó la rabia de un perro de color canela

y te quedaste mudo para siempre

sin ganas de vivir o caminando con la cabeza hacia otro lugar,

lo mismo que caminan los muertos o los zombies dentro de un televisor.

No sé si alguna vez nos presentaron formalmente,

si alguien dijo: “Este hombre puede llegar a amarte aunque parezca ido,

aunque no esté en los registros del cariño,

en el cuaderno de la nieve,

en la huella digital de Dios”.

El caso es que ha pasado mucho tiempo de todo aquello

y tú ya no estás aquí ni perteneces al misterio.

Has desaparecido sin más,

ni una firma, ni una llamada telefónica, ni un mensaje cifrado en el hielo…

Tu cuerpo roto en otro lugar.

Tu recuerdo hecho pedazos en la sombra más oscura de la lluvia.

Hay mujeres que preguntan por ti,

llaman a mi puerta con los nudillos rotos de su corazón

y me hablan de ti,

me piden que les cuente mentiras acerca de tu paradero.

Yo cierro los ojos y pienso en algo hermoso.

Pronuncio:

“Está bajo la tierra de un rosal”

o

“ha echado raíz en una estrella inhumana”.

Después apago la luz y me quedo sola,

con las mujeres llorando al otro lado de la puerta.

Pasa el tiempo y llegan madres,

me dicen que te tuvieron hace siglos,

que, todas,

de alguna manera,

te dieron de mamar su leche amarilla,

cambiaron de sitio la bondad de tu sangre

dos veces al día,

porque eras un ser travieso,

porque llorabas hacia adentro del barro

y solías morder sus pechos hasta verlos sangrar

como un demonio,

idéntico a cualquiera que renuncia a los lazos y no se reconoce en las fotografías familiares.

Esas madres son madres y padres al mismo tiempo y damas de compañía

y gatos con bigotes paralíticos

que lloran

y maúllan

y se dan golpes en el pecho

y me piden agua de moscas etruscas para curar sus pecados

y me piden excrementos de muchacha dormida para continuar hacia adelante con el dolor,

como si yo entendiera de eso.

Yo solo te recuerdo así,

lejos,

muy cerca de la palidez de mi costumbre,

de esas ganas que siempre he tenido de renegar del padre que me dio la vida

y ponerme a hurgar entre los botones de un lobo.

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*Angélica Morales, una de las escritoras más importantes de loscronistas.org

Nació y vive en España, donde escribe novelas, hace dramaturgia y compone excepcionales poemas.

https://angelicamorales.wordpress.com/