Por Rubén Darío Buitrón*

Segovia tenía grandes ojos negros, cejas pobladas y una barba que no terminaba de crecer.

En “La Mañana”, desde los primeros meses que estuvo allí, se ganó el apelativo de “Balzac”, porque algunos de sus experimentados jefes vieron en él talento para escribir y dar forma de suspenso y expectativa a las notas policiales.

Como solía ocurrir en esos años, a los jóvenes estudiantes o recién graduados de Periodismo que lograban ingresar a un medio se les asignaba las fuentes llamadas de “Sucesos” o de “Policiales”.

Era una contradicción que Segovia entendió muchos años después. Los medios vendían muchos ejemplares gracias a la crónica roja y, sin embargo, la encargaban a los reporteros más novatos y los salarios más bajos.

Segovia llegó a reflexionar, mirando hacia su propio pasado y analizando aquella extraña lógica, que la decisión de los medios no era descabellada, sino propositiva: la intención era que el joven periodista –por su propia inexperiencia y candidez- no profundizara en las causas, en los contextos, en los abismos sociales que eran las raíces de la criminalidad, la violencia, la agresividad, el robo, el asalto…

Porque, si algún día un reportero lo hacía, podría llegar a convertir a la crónica roja en el escaparate de la realidad de una sociedad donde el poder económico, apoyado en otros poderes, somete a la mayoría de la gente a una forma de vida que la esclaviza por un salario mínimo que, se supone, debe agradecer y por la creación del mito de que la mayoría no tiene posibilidad de salir de la pobreza, sino de conformarse por ella.

Segovia no solía leer más que periódicos, novelas y poesía, así no era sorprendente que se hubiera tardado tanto en llegar a una conclusión tan evidente como aquella.

Era ingenuo. Y nunca dejó de serlo. Y si no habría desarrollado el don de escribir con rigor y calidad y de contar sorprendentes historias de la cotidianidad, era probable que en La Mañana nunca lo hubieran tomado en cuenta para que desarrollara su carrera profesional y crecieran su prestigio y su salario mensual.

Empezó a gozar de becas para estudiar en el exterior, realizar pasantías y viajes para conocer países y visitar medios de comunicación más grandes y poderosos que La Mañana.

Pero, hasta que aquello no ocurrió, Segovia creía que no era posible que existiera algo más grande que el diario donde él trabajaba y del cual nunca se iría: gracias a que su nombre aparecía con frecuencia en las páginas del periódico, era el orgullo para una familia de clase media (que no tenía mucho de qué jactarse), un motivo de admiración de los jóvenes universitarios a los cuales solía dictar charlas y un símbolo del éxito, incluso con las mujeres.

Él creía que, por todas esas causas, tenía muchos amigos.

Sin embargo, en realidad, solo Arregui era a quien sentía más cercano: la vida los había juntado muchísimas veces, como un destino trazado para que compartieran las aulas universitarias, los talleres literarios, los ambientes culturales e intelectuales, los grupos de colegas, las historias de chicas.

Segovia permitía solamente a Arregui mirar, criticar y editar sus textos. Eran, al mismo tiempo, sus maestros y discípulos. Arregui hacía lo mismo con sus escritos: los entregaba a su colega cuando quería estar seguro de que lo había hecho bien.

Discrepaban, también. Por ejemplo, Segovia pensaba que Dios lo había premiado con todo lo que había conseguido en sus años de periodista y que mucho de eso se lo debía a Doña Reina.

Y Arregui solía tratar de convencerlo de Dios no existía, que todo le bueno que le ocurría era por su propio esfuerzo, su rigurosa autoformación, su capacidad de observación de la realidad y su disciplina para leer y escribir.

Que ni Dios ni peor Doña Reina (casi una diosa madre para Segovia) tenían incidencia sobre su decisión de ser un excelente periodista.

Su manera de ser –tierno, agradable, de buen humor, sencillo, obediente, seguidor de todas las reglas que Doña Reina imponía en La Mañana- era otra discrepancia entre los dos.

Arregui tenía características y actitudes tan distantes y tan distintas: era selectivamente tierno, tenía clara la diferencia entre amigo y colega (Segovia era su único amigo. El resto, solo compañeros a los cuales los unió la casualidad de trabajar en el mismo medio). Era reservado con sus cuestiones personales y no obedecía las reglas institucionales con las cuales no estaba de acuerdo).

Pero se respetaban y querían muchísimo. Y eso lo sabían todos en La Mañana.

Por eso, cuando doña Reina lo llamó a su oficina para una reunión particular, Segovia pudo prever que el tema sería Arregui.

– No me digas que estás triste por tu amiguito, que se largó sin decir palabra.

Fue como una lluvia de estalactitas sobre la cabeza de un pájaro desamparado.

La manera en que lo recibió doña Reina (él le decía “doña Reinita”) lo puso a la defensiva. Además, le pareció fuera de tono la ironía con la que la señora lo recibió.

– No, doña Reinita. No se trata de eso.

La empoltronada mujer -siempre ataviada con telas importadas y finas que, sin embargo, no la hacían ver elegante sino que la convertían en un maniquí desproporcionado y grueso cubierto con trapos de lujo- lo miró un rato, en silencio.

Aplastó con uno de los dedos regordetes de la mano derecha el timbre ubicado junto a su gigantesca I Mac y su asistente apareció en segundos para recibir las órdenes: una jarra de café, azúcar dietética, dos tazas y, ojo, durante 30 minutos no le pasara ninguna llamada.

Mientras la anciana daba las órdenes, Segovia miraba los óleos que adornaban la oficina, los óleos de siempre.

Pero, por primera vez, percibió que en ese lugar predominaba un olor a pasado, olor que ya no tenía sentido, olor a mitología prefabricada, olor que no podía disimular ni el perfume Acqua di Gioia, de Giorgio Armani, rociado de manera burda sobre el cuerpo de doña Reina.

Segovia no tomaba café, pero esta vez tendría que hacerlo. Miró el reloj de pulsera, su ademán de siempre, y doña Reina le preguntó, de nuevo, con sarcasmo:

– ¿Estás de apuro? Si pedí una jarra de café y ordené que no me pasaran llamadas es porque esta conversación es muy importante.

– Perdón, doña Reinita. Es mi defecto de mirar a cada rato la hora. Ni siquiera sé por qué lo hago.

– ¿Y qué dice de eso tu psiquiatra?

Segovia palideció. ¿Cómo sabía doña Reina que en las últimas semanas estaba visitando a un psiquiatra? Si sabía eso, ¿qué más conocía de sus intimidades?

Entonces recordó a Arregui. Siempre le advirtió del espionaje a los empleados, de las escuchas telefónicas, de las lecturas de los correos electrónicos ajenos, de los seguimientos que la empresa hacía a ciertos periodistas. Y recordó también que no le creía, que le parecía un exagerado y malagradecido con la empresa.

Pero con acababa de decir ese poderoso personaje con aires y gestos de pavo real y de mirada entre socarrona e intrigante, Segovia empezó a creer en lo que le advertía Arregui.

Tomó el jarro de plata, vertió el café en la taza de doña Reina y en la suya.

– Se me olvidó pedir galletas- dijo la mujer. Esta vez no aplastó el timbre, sino que puso un dedo sobre el speaker de uno de los teléfonos blancos, tradicionales, a la izquierda de la I Mac.

Segovia se frotaba las manos, como si un relámpago invisible las entumiera, y pasó una mano por sus cabellos rubio tratando de arreglar un mechón caído sobre la frente.

Pretendía sonreír, pero se sentía ridículo, como cuando en el colegio de curas, donde estuvo seis años en el internado, el director lo castigaba, como a todos en su momento, en el patio central y bajo la mirada de todo el plantel.

¿Una reunión de media hora solo con él? ¿Iría a reclamarlo o llamarle la atención por sus salidas con Vilma, la reportera con la que mantenía una apasionada relación en esos días? ¿Le amenazaría con sacarlo de La Mañana si seguía siendo infiel a su esposa, a la que doña Reina decía apreciar mucho?

La  mujer se llevó a los labios la taza de cerámica con el logotipo de La Mañana, partió un pedazo de galleta alemana que se puso en la boca al mismo tiempo que bebió el sorbo de café.

Segovia hizo lo mismo, como un gesto de cortesía. Y escuchó:

– No voy a decir nada, por ahora, de lo tuyo con Vilma. Ni siquiera a tu esposa.

Segovia volvió a palidecer.

– Pero, tú sabes, que una lealtad se paga con otra lealtad, ¿sí?

– Sí, doña Reinita.

Segovia cruzó las piernas, miró su taza, intentó comprender cómo su rostro pasó de la palidez al enrojecimiento, se maldijo por su relación con Vilma, recordó a su esposa y entendió que si ella se enterara de esta nueva aventura, el matrimonio se vendría abajo junto con la estabilidad laboral, el desprecio familiar, el abandono de sus dos hijas.

– Todos admiran tu gran capacidad para investigar. ¿Lo sabes, no? Eso te ha convertido en uno de mis mejores periodistas.

Segovia hizo un esfuerzo por mirar a los ojos a su patrona. Y siguió escuchando.

– Te voy a liberar de tus obligaciones laborales por una semana. Pero, a cambio, te doy siete días para que me entregues un informe detallado sobre Arregui, tu íntimo amiguito. Porque, ¿tú sabes dónde está, no es cierto? Tú sabes por qué se fue de La Mañana. Tú participabas, aunque sin decir una palabra –lo cual te agradezco-, en las reuniones para armar la dizque asociación de periodistas de esta empresa. Todo eso, más lo que logres en estos días, quiero en el informe.

– Sí, claro, doña Reinita.

– Informe que, por supuesto, te lo recompensaré muy bien, como siempre lo he hecho contigo.

– ¿Y desde cuándo empezaría? Segovia ahora tartamudeaba.

– Este rato sales de aquí y, en el más absoluto secreto, recoges tus herramientas de trabajo y sales con Rivera, quien será tu chofer. Él ya sabe de lo que se trata y también le he hecho entender el valor de su discreción.

– Si me disculpa, doña Reinita, yo…, lo que pasa es que…

– Que tengas suerte. Te conviene a ti y a la empresa. Buenos días.

Segovia salió en silencio. Luego se dio cuenta de que olvidó despedirse de la señora. Tampoco se percató de que en su mano izquierda llevaba el pedazo de galleta que no alcanzó a meterse en la boca. Y ni siquiera se dio cuenta de que, desde la Sala de Redacción, todos –incluida Vilma, que se mordía los labios- lo vieron salir de la oficina de la dueña con actitud derrotada.

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*Capítulo de la novela “Los siervos de la Reina”, que se presentará a los lectores a mediados de 2019.