Por Carlos Narea*

“Para cubrir crónica roja debes tener un estómago duro”. Lo decía un reportero de diario El Universo cuando llevó, por primera vez, a dos pasantes a la morgue de Guayaquil.

El aire tenía un áspero olor a quemado. El equipo ingresó a la sala de autopsias y sobre una camilla metálica reposaba el cuerpo de un hombre de unos 70 años. El olor era él.

Tenía la piel cuarteada, dura como caucho en ciertas partes. Del rostro no quedaba nada. Del cabello apenas restaban unas mechas, negras de carbón. El cráneo estaba partido.

El olor en la sala de autopsias era como un tubo de escape de un viejo auto dañado.

Una de las pasantes, quien nunca había visto un muerto antes, salió a vomitar.

El otro, Manuel, tomó una pluma, una libreta y se puso a averiguar los datos usuales. Nombre. Causa del deceso. Edad. Sitio donde lo encontraron. ¿Había familiares del occiso con quienes hablar?

Fue el primer cuerpo que la morgue de tránsito atendía ese día. La sala de autopsias era un espacio minúsculo. Tenía congeladores para mantener unos seis cuerpos al mismo tiempo. Si llegaban más cadáveres, iban a la parte trasera de la instalación, donde se los ponía en un tanque enorme lleno de formol. Allí cabían dos cuerpos. No más.

Manuel tuvo su primer contacto con la crónica roja. Si fingió que no se asustó o mostró miedo fue por orgullo. Se acordaba de la frase que le dijo el reportero al entrar y no quería parecer “de estómago frágil”.

La crónica roja es considerada por ciertos periodistas y estudiosos como un subgénero del periodismo.

Pero, ¿por qué?

Al final, los muertos en un accidente de tránsito, un crimen con cuchillo, un asesinato, un crimen pasional, un asalto, atraen más la atención en los medios que una entrevista a un analista político.

Eso explica la existencia de centenares de medios escritos especializados en crónica roja, que son los únicos con el futuro asegurado frente a la prensa convencional.

Un estudio en el Reino Unido demostró que los periodistas que trabajan muchas horas con contenido violento, como quienes cubren crónica roja, pueden sufrir trastornos de estrés postraumático.

Otro, realizado por Anthony Feinstein, profesor de psiquiatría de la Universidad de Toronto, Canadá, encontró que el 25% de 104 periodistas encuestados dejaron de cubrir hechos violentos por la intimidación que sufrieron ellos o sus familiares.

Guayaquil, la ciudad más poblada del Ecuador, tiene la tasa de crímenes violentos más alta en el país: 22,8% por cada 100 mil habitantes (mayo 2018).

En la morgue de la Policía Nacional, a donde llevan a todos los fallecidos por muerte violenta -el término oficial de la Policía- los reporteros especialistas en crónica roja esperan los reportes de la madrugada de ese día. La noche siempre será el escenario más prolífico para el crimen.

Esos reportes les dan el material para el día de trabajo. Un noticiario de televisión, por ejemplo, transmite hasta 30 minutos de crónica roja al día.

Mientras aguardan al filo del amanecer, aprovechan para un refrigerio o un desayuno en los sitios de comida instalados alrededor de la morgue, ubicada en el norte de Guayaquil. Están junto a las funerarias.

Como el grupo trabaja mucho tiempo en equipo, aunque sean de distintos medios, se hacen bromas, se intercambian datos, se ayudan. Hay camaradería.

Manuel está ahí, pero ya no es pasante. Ahora es reportero para un canal de televisión. Han pasado dos años desde su primera experiencia con el olor a carne quemada.

Al clarear el alba sale un policía de la puerta de entrada a la morgue, por una pequeña caseta. Todo el grupo deja lo que está haciendo, olvida su comida o desayuno, se prepara con sus instrumentos de trabajo, aparecen las cámaras de televisión o de prensa, libretas, grabadoras y micrófonos.

Dos ahorcados y un muerto a cuchilladas. El policía dice: “El doctor no dejará pasar a nadie hasta que se haga la autopsia de rigor, les pedimos que esperen”.

Los más experimentados saben que sí podrán pasar. Solo hay que esperar unos minutos. Son amigos del doctor que realiza las autopsias y él siempre los autoriza a cambio de que lo mencionarán en sus notas.

El policía de la puerta también conoce el acuerdo.

Deja que transcurran cinco minutos, abre la reja y tres reporteros pasan al cuarto de autopsias.

Hay 12 frigoríficos para almacenar los cuerpos. En el centro del salón están dos camillas de acero sobre las cuales practican las necropsias.

Allí permanecían los cuerpos de los dos jóvenes ahorcados.

El olor a formol nunca deja de ser penetrante, como un vaho de alcantarilla taponada, y dan ganas de vomitar.

Ni la sangre que los ayudantes del médico forense drenan del cuerpo parece inquietarlos.

Lo hacen con una manguera y un galón de agua, cortado en la base, que funciona como embudo.

Los cuerpos llevan marcas en el cuello. Los ojos aún están abiertos.
Los periodistas toman notas, unos más minuciosos y detallistas que otros.

En la crónica roja de calidad, cualquier dato, por ínfimo que sea, sirve para estructurar una nota interesante.

Luego, los reporteros se dirigen al consultorio del médico forense, que está a la vuelta del cuarto de necropsias.

El hombre tiene unos 60 años y aunque lo niega, se nota que le gusta el protagonismo. Da los pormenores de cada uno de los casos: los primeros resultados de los análisis, los posibles indicios, cuál será el destino de cada hecho, qué pasará con algunos de ellos, pedirá o no investigaciones policiales…

Termina la declaración y extiende la mano derecha en forma cordial. Se despide hasta mañana.

Al dejar la morgue, en la puerta principal, los reporteros intercambian las últimas notas de los casos o entrevistan a familiares de los muertos, que empiezan a llegar con el rostro desencajado o con los ojos lagrimeantes.

Los reporteros más experimentados, quienes tienen amigos dentro de la Policía o la Fiscalía, ya tienen reportes sobre otros asaltos, incendios, muertos o capturas de droga.

El de más experiencia actúa como líder y reparte la información. Algunos se alistan a regresar a sus redacciones y preparar sus reportajes.

Los de televisión corren y se embarcan en sus camionetas para llegar pronto a otro tipo de coberturas que les han asignado por los teléfonos celulares.

Manuel y su camarógrafo, Elías, se embarcan en la camioneta doble cabina de la empresa periodística donde trabajan.

Aceleran para llegar al reporte oficial de una captura de drogas.

En el asiento de atrás va su pasante: una chica guapa, con vestimenta formal.

Ella no quiso bajar del auto y, peor, entrar a la morgue. Manuel no tomó a bien esa actitud.

Como un maestro en el oficio, solo se voltea, la mira a los ojos y repite, con un movimiento pendular de la cabeza: “Esto solo es para quien tiene el estómago duro”.

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*Carlos Narea es periodista. Nació en Guayaquil y ha trabajado en los periódicos más importantes del Ecuador, entre ellos El Universo, El Comercio y Expreso. Hoy publicamos su primer texto como tallerista de loscronistas.org