Por Byron Rodríguez Vásconez*

La zona de la Avenida 24 de Mayo es un microcosmos urbano que navega entre los susurros y la algarabía.

17 casas de cita,con estilo colonial, se levantan en el corazón del Quito viejo, a lo largo de las calles Loja y Guayaquil, hacia el sur, hasta la Loja e Imbabura. hacia el norte.

Son siete cuadras que funcionan como una industria de productos en serie, en horario diurno: abren a las 09:00 y cierran a las 20:00. Más tarde la vía se vuelve peligrosa a pesar de que un puesto policial la vigila.

Los propietarios de burdeles y las putas (tendría que decirles “trabajadoras sexuales”, como rezan las normas de lo políticamente correcto) viven en constante tensión por dos motivos: un posible traslado al sur de Quito y el incremento de la prostitución clandestina, porque los antros cierran los domingos pero las muchachas buscan clientes en las calles. Nunca dejan de trabajar.

El tabú envuelve a una de las zonas rojas más antiguas de Quito, desplegada entre hoteles, salones, cafeterías, farmacias, tiendas, peluquerías unisex, cantinas y alguna discoteca en la clandestinidad subterránea.

Homero, un anciano que controla la puerta aportillada de un burdel, recuerda que desde que era jovencito las camas de los hoteles estaban siempre listas para el amor de paso.

¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces? Quizás medio siglo, responde el anciano, arropado en un abrigo negro a pesar del verano quiteño. Con el cielo caprichoso de esta ciudad uno nunca sabe. Es como el mujerío de aquí: siempre cambiante.

Con presteza, Homero recoge los boletos de mil sucres (estamos hablando de un pasado con dos décadas sobre los hombros) que entregan unos 40 hombres para mirar los streepteases y otras sorpresas.

La desnudez de la desvencijada avenida, que funciona con reglas bien definidas y una organización de cuartel, se revela.

¿Cuántas muchachas trabajan en los 17 locales cuyos nombres evocan puertos, mares o ciudades? Aruba, Tango Sex, El Paraíso, Las Flores, El harem, Bogotá, La Sirena, Las Vegas, Manhattan…

Las cifras varían. Luis Vallejo, jefe del Departamento de Enfermedades Sexuales del Centro de Salud N. 1, habla de un poco más de 800 mujeres.

Pero Italia Vaca, presidenta de la Asociación Prodefensa de la Mujer, menciona que en los 17 burdeles de la zona laboran unas 1.500 socias del gremio de las trabajadoras sexuales.

La clientela es variopinta y según el día y la hora: empleados públicos, estudiantes universitarios, jubilados, obreros, mecánicos, artesanos, vagabundos y visitantes de provincias.

Jennifer, una muchacha de Quevedo que labora en el Aruba, da pistas: durante el día se realizan dos sesiones de streeptease (11:00 y 18:00) para animar al público. Hay un graderío hecho con tablas de madera, como una gallera. Los hombres se ubican allí después de pagar. Y esperan.

En una tarima con luces que caen desde un alto tinglado de reflectores baila una mujer semidesnuda, se aproxima a los hombres y los reta a mantener una relación corta pero intensa, por solo 25 mil sucres.

Rock, salsa, merengue y boleros. Diez minutos de baile y la muchacha se desnuda y contonea mientras mira con movimientos seductores a las decenas de jóvenes que se abarrotan en la última fila. Restriega los senos en el rostro de algún borracho de primera fila y algún impaciente la manosea.

Se entusiasman y consumen cerveza (una botella cuesta entre siete y 10 mil sucres).

Un animador, provisto de un micrófono inalámbrico, resalta los encantos de las 20 chicas que posan sentadas en bancos de madera junto a las mesas.

Jennifer narra que cada sesión de sexo tiene un tiempo límite de 10 minutos. Ella se califica como profesional. “Al usuario le respetamos y exigimos que nos respete”.

En los locales los clientes compran una ficha de 25 mil sucres, eligen a una chica y con ella suben las derruidas escaleras de madera hasta las habitaciones del segundo piso.

Jennifer. A todos les exigimos usar condón, con la ficha viene el caucho. El sida no es un chiste.

Luis Vallejo, médico del Centro de Salud N. 1, que cubre el casco colonial, califica de milagro el hecho de que apenas se hayan detectado dos casos de sida en los últimos 8 años, a pesar de que registra la presencia de 5.000 prostitutas en el área que comprende las calles Chile, Plaza Arenas, Terminal Terrestre, Ambato, Loja y La Marín.

Es posible que innumerables enfermas de HIV estén ocultas por temor. Sin embargo, el uso del condón se ha extendido.

Jennifer cuenta que en “los días buenos” (jueves, viernes y sábado) logra fichar 30 clientes por jornada y en los días  flojos, a principios de semana, un promedio de 10.

La mayoría de las 20 compañeras de Jennifer obtiene un millón y medio de sucres al mes y en los mejores casos un poco más de dos millones.

Claro que es es posible ganar unos sucres extras con otro anzuelo: la tarifa por cada posición sexual distinta que exija el cliente es de 10 mil sucres.

Paty, una machaleña de 23 años, recuerda que a raíz de las interminables lluvias del año pasado la falta de empleo obligó a decenas de muchachas de su provincia a dedicarse a este oficio en Quito.

Italia Vaca y Luis Vallejo coinciden en que el 70 por ciento de mujeres proviene de provincias costeñas, especialmente de Manabí y El Oro.

Maribel, la rubia más requerida de La Sirena, es frontal y coqueta: para qué engañarse, a los serranos les encantamos las costeñas.

Un porcentaje de chicas lleva una doble identidad, para evitar conflictos familiares. En el caso de Maribel, oriunda del cantón Rocafuerte, sus parientes creen que trabaja en un salón de belleza.

Maribel comenta que algunas de sus compañeras son casadas.

Para los esposos es doloroso aceptar nuestra condición, pero si no tuvimos oportunidad de estudiar y el empleo es escaso, ¿qué otro camino nos queda?

Eso sí, enfatiza, nunca besamos a un cliente: los besos son un íntimo tesoro para los novios o esposos.

Maribel, como la mayoría, sueña trabajar no más de cinco años, ahorrar e instalar un pequeño comercio.

Dos de los 17 locales se llevan la mayor cantidad de fichas. La Sirena y Las Vegas, que están frente a frente, a la altura de las calles Loja y Venezuela, se caracterizan por su decorado kitch y por contar con las mujeres más guapas, entre los 18 y 30 años.

Los amplios patios coloniales, circundados por grandes columnas y barandas, son salones de baile.

En La Sirena, arrimadas o dejándose acariciar por las columnas de tono rosa y las paredes celestes, las mujeres se muestran semidesnudas, allí o sobre cuatro tarimas de madera, de dos metros de alto, y danzan en una burbuja de vidrio iluminada con lámparas de colores.

En los dos locales anima Julio César Paredes, un hombre de mediana estatura, cabello ensortijado y contextura gruesa.

Paredes, que además administra los dos concurridos locales, es un hombre respetado en la zona caliente.

A través del micrófono envía mensajes picarescos y de doble sentido: ¡Mamacita, pero qué piel, con ese cuerpo hasta los muertos se levantarían a bailar¡.

¡Ah, qué curvas, como para salirse de pista! Gesticula, improvisa, toma el pelo a los visitantes, el público le festeja.

Cuando entran dos hombres muy mayores, expresa: ¡Vamos, anímense, en caso de que les falte la plata aceptamos relojes, anillos y la dentadura, siempre y cuando tenga dientes de oro!

Las dos casonas atraen a más clientes porque en toda actividad manda la imaginación y aquí hay de sobra. Así explica Paredes: nuestros locales no se quedan atrás de los de La Mariscal.

El hombre, de 39 años, luce un traje de gamuza rojo y negro, innumerables anillos de oro en sus dedos, relucientes pulseras y cadenas que brillan como chispas en la penumbra.

A media mañana, Paredes anuncia al artista estelar: Cheo Cedeño, un cantante alto y robusto que interpreta las melodías de Gali Galiano. El público hace coro al oír “Amor de Primavera” y las rancheras de Pedro Fernández.

El plato fuerte se sazona para la tarde, cuando a los locales arriban decenas de hombres de terno y corbata.

En La Sirena, Rosero ordena al discjockey que pare la música y anuncia con elocuencia la gran rifa.

El público se desconcierta con el gancho de que hoy se rifará a una mujer para que pase contigo un momento agradables.

Los hombres compran las fichas de plástico y el azar obra el encuentro fortuito entre un sorprendido y joven otavaleño que, de repente, se encuentra con una mujer de bikini que le acaricia la trenza.

Son técnicas de marketing para captar más gente, afirma Paredes, quien al caer la tarde se apresta a repetir la rifa al frente, en Las Vegas.

A medida que se acerca la noche, las luces se apagan y las muchachas hacen fila en los mostradores para recibir el dinero ganado en el día.

Un empleado de Las Vegas da la alarma de que tres arranchadores le han robado a un cliente.

!Pásame la chispa¡, grita el animador, y la empleada que despacha en el mostrador le entrega una pistola plateada.

Los disparos rompen la noche. La gente corre, las muchachas y los clientes se ocultan entre las mesas. Los policías de la esquina llegan al instante y capturan a los delincuentes.

El animador calma los ánimos y explica que disparó al aire para amedrentar a los ladrones, pues “aquí el bien más preciado es la seguridad de nuestros clientes”.

Las chicas recogen las carteras y se van. Al otro día tendrán que seguir en su trabajo de vender amor.

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*Byron Rodríguez Vásconez, novelista, periodista y catedrático, es uno de los mejores cronistas del Ecuador. Escribió y educó a jóvenes reporteros durante más de 25 años en diario El Comercio. Su novela “La guerra de la funeraria” (editorial Planeta), ha sido una de las vendidas en las librerías del país.