Por Tatiana Mendoza*

No recuerdo cuál fue mi primera mentira, pero sí la que me salvó.

Guayaquil estaba gris y el olor a estero llegaba hasta Urdesa Central y las Monjas.

Con 17 años, el tiempo se detendría y lo demás sólo serían constantes duplicadas de una imagen borrosa que arrojaría esa primera vez.

Daniel, hombre alto de casi 1.90 m., lentes que se estacionaban en la gran curva de su nariz, un olor a queso rancio que despedía su cuerpo, camisa de cuadros y pantaloneta, piel blanca y con un español agringado. Su esposa, una mujer callada y de cabellos blancos. Entre los dos se formaba un siglo. Me dieron la bienvenida a su pequeño hogar.

Estudiar teología fue un escape y someterme a ciertas reglas era parte del proceso: hojas indicando lo que no debía hacer, no ir al cine, no lavar la ropa el domingo, no beber, no fumar, no enamorarse. Lo acepté como una aventura para encontrarme.

Lo que más me impresionó fue su gran biblioteca. Daniel, en medio de tantos libros, inspiraba sabiduría, y así yo fui ingresando a su mundo y él a mi vida. Pasábamos horas hablando de los miedos que cualquier joven puede tener y lo que en el futuro quería. Repasamos mi infancia y sentí que el alivio buscado por una década llegaba.

Entonces, empezaron las preguntas. Esas que en las noches solía hacer como monólogo después del baño. O aquella vez que con un cuchillo en la mano intenté resolver. El sexo prematuro, la primera vez y desastrosa, los manoseos con los chicos de la iglesia, la música de Madonna, la masturbación constante con un oso de peluche que aún guardo.

Entre su mirada mística, que no pude descifrar al inicio, guardaba una curiosidad profunda por mis vivencias.

La comodidad que me brindaba dentro del agujero me convertía en Alicia persiguiendo al conejo, el sosiego de ser entendida era mejor que ser feliz.

Pasé muchas noches de abril en su biblioteca hasta que era tiempo de dar el siguiente paso. Yo no lo sabía, pero el ritual ya había comenzado.

Torta de chocolate. Helado derretido. Macarrones y queso. La película “Bound” de los hermanos Wachowski. Aún tenía un VHS, irónico en medio de una casa llena de artefactos modernos.

Nos sentamos a ver la película. En un mueble frente a la pantalla, él atrás, en un sillón en el que se mecía despacio con un ruidito circunstancial.

Dos mujeres deseándose, un esposo involucrado con la mafia, dinero y armas, dos mujeres cogiendo entre las sábanas blancas. Trama común, deseos perversos, personajes bien construidos.

Pero yo estaba un poco mal construida cuando sentí una hinchazón en medio de mis piernas y un líquido deteniéndose en mi calzón.

Daniel seguía meciéndose, pero más rápido. Escuché su respiración agitada. Terminó la película, final esperado.

Estaba empapada, mi vagina me conocía más de lo que yo sabía.

– ¿Quieres un masaje?

– Claro, sería bueno antes de ir a dormir. Tengo un dolor en el cuello desde hace días.

– Vamos al cuarto.

Nunca había estado ahí. Libros por todos lados, una computadora de escritorio, una litera. Me senté. Afuera, un ruido a alabanzas, una iglesia evangélica.

Daniel llegó. Para darme mejor el masaje sugirió que me quitara la blusa. Lo hice sin que vea mis tetas, de espaldas y me acosté boca abajo.

Colocó su mano en mi cuello, con su dedo pulgar presionaba desde arriba hasta llegar al borde de mi falda.

Sus manos desaparecían de mi espalda y avanzaban por abajo, donde están mis tetas las masajeó, mis pezones se pararon.

Besaba mi espalda. Me decía que no tuviera miedo, bajó mi falda suavemente, abrió mis piernas, no me opuse.

Estaba empapada para cuando entró su verga, resbaló fácilmente, mordí mis dedos para opacar el grito de placer, me moví hasta que él encajara perfectamente, Daniel suspiraba, recordaba las imágenes de las mujeres cogiendo, me excité más.

Se escuchó un ruido, Daniel sacó su verga rápidamente, subió mi falda, miró hacia la izquierda, su esposa con el cabello blanco y una batona rosada estaba ahí, observándonos.

Se retiró y regresó a su cuarto. Daniel no tuvo miedo.  Me besó en la boca. Metió toda su lengua, yo se la chupé. Repetimos ese ejercicio. No hablamos. Metió sus dedos, me masturbó como si estuviera componiendo una canción, pintando un cuadro.

Yo suspiré, gemí. Con la otra mano tapó mis labios, colocó uno de sus dedos dentro de mi boca, le hice sexo oral. Metió su verga otra vez, ahora usó condón, un mismo ritmo al unísono. Tocamos el cielo desde nuestro infierno.

Antes de despedirnos me preguntó si sentí placer, le dije que no. Mentí.

Mentí porque su actitud freudiana liberó otras puertas que estaba dispuesta a cruzar. Si el sexo me salvaría, lo sabría después.

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*Tatiana Mendoza es una joven escritora manabita. Es parte del equipo de contadoras de historias de loscronistas.org