Por Viviana Garcés Vargas*
24 de noviembre de 2018. Mientras realizamos la limpieza de casa, Sarita (nombre protegido), con su cabello negro ensortijado y las pequeñas canas que empiezan a nacer a sus cincuenta y pico de años, comenta ilusionada: -“Ay, es que estoy esperando a que sea diciembre para cancelar deudas”.
-“Como así, Sarita?, el dinero del décimo tercero?”
-“No, niña, la platita que me cae del banquito”.
“Junta o banquito”, como se le llama coloquialmente, es un término acuñado en 1976 por Muhammad Yanus, profesor bangladesí, para la creación de bancos comunales, donde mujeres de escasos recursos. principalmente, pueden acceder a microcréditos y crear posibilidades de empleo en el sector rural.
Sarita vive hace 35 años en uno de los sectores más populosos de La Libertad (península de Santa Elena), “La General Enríquez Gallo”, barrio de clase media baja, al que llegó en busca de trabajo y mejores posibilidades económicas, ya que su lugar natal es el  Manantial de Guangala, (donde se dedicaba a criar animales de granja), comuna ubicada en la misma provincia.
Ella juegan al “banquito”, entidad no financiera que, tomando la idea original de Yanus, busca ahorrar ya sea de forma semanal o mensual dentro de grupos familiares, vecinales o entre conocidos para recibir a fines de año el dinero que han confiado al presidente o presidenta, quien dirige las reuniones y se encarga de recaudar los valores.
Sarita acude desde hace dos años con el propósito de que diciembre será milagroso y fecundo: podrá cancelar deudas mientras su esposo, Steven (nombre ficticio), de piel tostada por el arduo trabajo realizado en el sol peninsular y de contextura gruesa a sus casi 60 años, ahorra de igual manera para así poder comprar artefactos para el hogar.
Decidieron ingresar al “banquito” debido a que la hermana de Sarita administra los fondos que ingresan al grupo: diversos familiares (cuñadas, sobrinos, hermanos y vecinos) se han integrado a la “junta”, un grupo que, originalmente, fue de 50 personas y que terminó c0n 30 debido a que no todos pueden cancelar las cuotas mensuales de 20 dólares (la cifra puede variar), más el 10% de interés que se recibe al acogerse a préstamos entre los socios y repartir el dinero los primeros días del último mes del año.
Sarita, de pequeña estatura y sonrisa pícara, tiene cuenta de ahorros en una institución financiera nacional y acceso a crédito en casas comerciales, pero se adhirió a la junta por voluntad propia:
-Mi ñaña, en cuanto necesito dinero, lo hace sin chistar. Así mismo, no tengo que hacer fila o llenar papeletas para recibir mi platita. Pedir a un banco, a veces con más del 20% (en microcréditos) resulta difícil en esta época y, peor aún, buscar a un chulquero (persona que presta dinero con tasas de interés no permitidas por la ley) resulta peligroso y que te cobren a diario es vivir bajo a presión.
Steven, salinense de nacimiento y operario en los pozos de sal del sector ha jugado antes en otros círculos, pero lo malo es no conocer suficiente a las personas que lo integran:
– Puedes no recibir todo tu dinero y ser estafado, ya que no existe entidad legal que los respalde, solo la palabra de quien maneja el grupo.
Los domingos son las citas fijadas en el banquito donde asisten Sarita y Steven. Ellos y 28 personas más se reúnen en la casa de una planta que incluye una tienda de abarrotes, negocio perteneciente a Elisa (nombre ficticio), hermana de Sara.
Allí planean actividades para recabar más dinero entre los socios: almuerzos, meriendas, ensaladas de frutas (platos preparados en su mayoría por la líder de la asociación), bingos y rifas entre los habitantes del barrio. Se trata de estimular la unión de la comunidad.
La esperanza de Sarita, su esposo y todos los integrantes de la junta es buscar satisfacer necesidades inmediatas: ropa para sus hijos, un televisor, hacer adecuaciones en el hogar o cancelar obligaciones.
Hasta ahora los banquitos comunales no les han fallado. Confían en ellos. Es el mundo paralelo a la banca tradicional.
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*Viviana Garcés-Vargas, periodista y escritora ecuatoriana, vive en la península de Santa Elena e integra el equipo central de loscronistas.org