Rubén Darío Buitrón

Era domingo y hacía frío en esa parte alta de la ciudad.

Llovió en la madrugada y a Jacinto, pese a la mala noche, le fue difícil levantarse.

Se vistió al apuro, tomó su pistola, besó el retrato de Cristina, que lo tenía sobre la mesita de noche junto a la lámpara, y salió a la calle cuando el cielo recién empezaba a cambiar de color y un tímido sol aparecía a lo lejos, indeciso.

Empezó a bajar despacio por la empinada calle, pero luego aceleró el paso cuando buscó el celular del bolsillo izquierdo, miró la pequeña pantalla y se percató de que sólo le quedaba media hora para llegar al parque de La Carolina.

Allí debía encontrar a El Gato, ejercitándose sobre la hierba como hacía todos los fines de semana, a pocos metros de la esquina de las avenidas Eloy Alfaro y República.

Cuando guardó el teléfono en el bolsillo recordó con exactitud la llamada de hace más de seis horas.

Dudó, pero del otro lado de la línea el mensaje que recibió fue preciso.

¿Qué le hubiera dicho Cristina si le contaba lo que en minutos ocurriría?

Pero ella estaba al otro lado del mundo, en España, desde hacía cinco años, y aunque él no dejaba de recordarla y extrañarla, cada vez que hablaban por Skype las noches de sábado la actitud de Cristina le parecía más distante, menos tierna y menos preocupada por él.

Ella trabajaba de auxiliar de enfermería en una clínica en la calurosa ciudad de Valencia y a ratos a él le parecía que se había cansado de pedirle que fuera a vivir con ella, que le buscaría un empleo, que los ahorros ya no le permitían venir a Quito a verlo a él y a su familia cada verano europeo, como lo había hecho hasta el año pasado.

¿Fue la creciente obsesión de que ella nunca más volviera o que pudiera enamorarse de alguien lo que a él le llevó a aceptar el encargo que estaba a punto de cumplir a cambio de cinco mil dólares, monto suficiente para viajar a España, reunirse con Cristina y tener tiempo de hallar un empleo?

Llegó al lugar mientras la lluvia volvía a caer y un delgado velo de niebla cubría los árboles cercanos.

Del bolsillo derecho extrajo una foto, ajada, en la que aparecían dos hombres con trajes elegantes, posando para la cámara, sonriendo y cada uno con un vaso con un líquido amarillento y cubitos de hielo.

“El que está a la izquierda y tiene ojos verdes”, le había explicado el individuo que una semana atrás lo contactó, le entregó la pistola y le adelantó 500 dólares.

¿Cuántas veces Jacinto había disparado en su vida? Cientos, tal vez miles. Llevaba seis años como policía y era uno de los mejores tiradores entre sus compañeros.

¿A cuánta gente habría matado en los operativos contra bandas de presuntos narcotraficantes y criminales? Quizás a ocho o diez.

Pero, ¿quién era el Gato? ¿Por qué alguien necesitaba asesinarlo?

¿Por qué lo habían contratado a él para la ejecución? ¿Tenía sentido lo que estaba a punto de ocurrir? ¿Cristina le preguntaría cómo consiguió el dinero al verlo llegar a Valencia y él tendría que sostener alguna mentira para siempre?

Mientras el Gato realizaba ejercicios de calentamiento y la lluvia caía más fuerte, Jacinto sacó el arma que llevaba entre la parte trasera de su jean y el cinturón, dio tres pasos hacia adelante, disparó cinco veces a quemarropa, vio caer al hombre ensangrentado, giró y empezó a correr hacia el sitio donde el hombre de la llamada nocturna le dijo que lo esperaría en un Peugeot rojo para ayudarlo a escapar y pagarle el resto del dinero.

A lo lejos, bajo el fuerte aguacero, le pareció ver el auto.

Del otro lado, también a la distancia, escuchó gritos de una voz femenina que pedía auxilio.

En su apuro por llegar al Peugeot, que parecía desvanecerse bajo la tempestad, no volvió la mirada cuando se acercó a él un carro grande, tipo jeep, de color gris.

Un hombre que iba en el asiento del copiloto bajó el vidrio polarizado de su ventana y llenó de balas la espalda y la nuca de Jacinto.

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*Rubén Darío Buitrón, periodista y poeta, es director-fundador de loscronistas.org