Por Sara Villa*

Antes de ayer, en el tranvía, me enteré de que La Tati y su novio habían discutido al salir del cajero porque la factura de la luz iba a medias y a La Tati no le daba la gana de poner más que veinte euros por algo de la gasolina del fin de semana.

Además, La Úrsula tenía al final la bacteria esa del estómago, por eso llevaba la barriga tan hinchada siempre.

Y Marco y la chica rubia que gritaba con voz chirriante, las piernas morenas bien cruzadas y el vestido ceñido hasta límites cercanos a la ruptura en la zona de los muslos, iban a ir a La Salduba que iba a hacer un calor de cojones.

La Tía, así se llamaba la que estaba al otro lado del teléfono, se hacía la remolona y por eso la chica rubia insistía una y otra vez con la cantinela de la ola de calor, los cuarenta grados y venga, Tía, anímate que no estarás de aguantavelas, de verdad.

Intenté subir el volumen de los cascos, llegué hasta el tercer cuadradito rojo y ahí paré porque seguía escuchando su voz con total nitidez.

Pobre de La Tati y su novio, el pagador de facturas.

Espero que a La Úrsula le hagan efecto pronto los antibióticos.

Hoy ha llovido.

No sé qué habrán hecho la rubia y Marco.

Disfrutar del silencio, no creo. Eso, seguro que no.

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*Sara Villa es española, vive en su país y es miembro de loscronistas.org