Por Wladimiro Torres (Wlado)*

Lucho ahora vende cangrejos en las calles Francisco Segura y Machala.

Mi hermana Solbrisa lo encontró hace pocos días y me envió saludos con ella.

Le dijo que me llamaría para encontrarnos y recordar esos viejos tiempos de la infancia, cuando nos la ingeniábamos para trabajar.

Con Lucho decidimos un día aprendernos algunos chistes, subir a los buses con ropas holgadas de colores y la cara pintada para tratar de ganarnos algunos sucres.

Una vecina del Guasmo Central me regaló un pantalón color turquesa de tirantes y bombacho hasta las rodillas, que complementé con un saco rojo de grandes cuadros, lazo en el cuello, medias nylon del tono de la piel a las que, con lana negra y aguja, decoré con hilos sueltos a la altura de las canillas para simular que tenía las piernas peludas.

Como no sabíamos con qué pintarnos las caras, compramos unas cajas de desodorante Nodor para las partes blancas del rostro y las manchas rojas las pintamos con un lápiz labial de la hermana de Lucho, a la que seguramente le hizo falta también el delineador negro que usamos para marcar las formas de colores y el perfil de la cara.

Cierta vez un pasajero de la línea 76 nos pidió que lo llamáramos en la tarde porque iba a tener una fiesta en una casa cerca del Centro Cívico.

Hablamos con él y quedamos que para el sábado siguiente haríamos una presentación en la matiné de su sobrino.

El día de la fiesta llegamos puntuales al sitio de la reunión, casi empapados porque esa tarde llovía.

Nos asignaron un corredor fuera de la casa para vestirnos y maquillarnos.

Luego hicimos nuestra interpretación: contamos los mejores chistes de nuestro repertorio e hicimos los repetidos concursos del baile de la silla, ponle la cola al burro y, al final, le vendamos los ojos al cumpleañero para que rompiera la piñata –en ese tiempo eran de barro, forradas con papel crepé de colores- y un palo de escoba.

Todo salió bien. Nuestra primera presentación en una fiesta infantil tuvo tanto éxito que vimos en esa actividad mayor rentabilidad: en unas cuantas horas ganaríamos lo que en los buses, de moneda en moneda, nos tomaría recoger unos tres o cuatro días.

Al despedirnos aquella tarde, el señor nos pidió que por favor regresáramos el domingo temprano para pagarnos.

Tocamos la puerta, alquilamos un teléfono convencional en una tienda cercana a la casa y marcamos varias veces al número, gritamos inútilmente por la ventana para que nos abrieran y nada.

Un vecino que nos había estado observando se acercó a preguntarnos por qué llamábamos tanto en esa casa si ahí no vivía nadie.

Confundidos, le dijimos que eso era imposible ya que nosotros habíamos estado ahí el día anterior animando una fiesta y que nos pidieron que regresáramos hoy para pagarnos.

La respuesta del vecino nos puso los pies sobre la tierra: “No vive nadie en esa casa, siempre está vacía, los dueños se cambiaron hace varios años, pero suelen alquilarla para reuniones sociales. Me temo que los patearon”, dijo y siguió su camino.

Lucho y yo nos miramos y en silencio, sin decirnos nada, decidimos que nunca más amenizaríamos una fiesta.

Así fue cómo volvimos a nuestro circo en los buses.

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*Wlado es miembro de loscronistas.org

Fotografía de Cristina Segarra