Por Tatiana Mendoza*

El noticiero presenta otro asesinato en la pantalla del televisor.

Cama cerca del ropero. Sábanas limpias.

Dos pasos hacia la izquierda y se encuentra la cocina. Agua que hierve.

El departamento es como jugar al tetris, el matrimonio también.

Es un día martes, un martes aburrido.

Mi esposo se encuentra con otra mujer, revisé su wathsapp.

Y mientras los noticieron hablan de lluvias acompañadas con relámpagos en Guayaquil, deslizo mi dedo índice por el celular.

Facebook y el síndrome de las apariencias.

– Profe, ¿cómo estás?

– Luciano, estoy bien. ¿Y cómo así escribes?

– Pienso en ti.

– Ah, ¿y qué haces?

– Pienso en ti y estoy bebiendo en la Garzota. ¿Dónde estás viviendo?

– Por el centro cívico.

– ¿Puedo ir?

-Si. Avísame cuando estés cerca.

Me arrepiento. No me arrepiento. Puedo inventarme un contratiempo.

Hago un monólogo en mi cabeza con suposiciones, sexo, sangre y algo de alcohol.

Le escribo a mi esposo, que suele oler las mil y un formas de engaño. Contesta cariñoso, raro en él.

Voy a dormir y nos despedimos.

Se enciende la pantalla. Luciano llama otra vez.

– Estoy cerca del parque.

– Ahora salgo.

Estoy lo más naturalmente inquieta.

La última vez que hablamos y tuvimos sexo fue antes de casarme.

Cuando se enteró de mi decisión se enojó. Quizás porque ya no tendríamos sexo y ni una pequeña probabilidad de enamoramiento. Nunca supe cuál fue la verdad.

Un Peaugeot negro se estaciona. Avanzo. Despacio. Sin gota de maquillaje. Un vestido corto y fresco. Algo sexy y casero.

Subo a su carro, besa lentamente mi mejilla. Huele al olor exacto entre la biela y el cigarrillo.

-Tengo esta de Jhonny Walker entera para los dos.

– Sabes que el whisky no me gusta. Soy más pueblo, prefiero la biela.

– Vamos al bar de siempre.

La noche guayaca está llena de sorpresas.

Luces de carros, esmog, bulla.

Creo que todo el mundo me observa, pero también creo que el matrimonio es una forma de asfixia, algo así como una tortura del infierno, pero del que sí tienes escape.

Nos estacionamos en una de esas callejones grandes que están cerca de la autopista.

Son las once de la noche y su mano se desliza entre mis piernas.

Beso su boca queriéndole succionar el alma, esa joven alma.

Su verga está dura, mete su nariz en medio de mis tetas y arranca mis olores guardados del trajín del día.

Ahí está la voz. Es vivir o no vivir. Me ahuevo.

– Luciano, no puedo. Llévame a casa.

– Por Dios, Emilia, ya estamos aquí. Hagámoslo.

– No puedo.

Vamos de regreso. Vamos en silencio.

Con rostro de decepción y deseo me devuelve al hogar.

Conocí entonces sus gestos de frustración, esos gestos que nunca antes había visto.

En el éxtasis del momento olvidé que dejé agua para que hierva. Ya no queda nada. Apago la hornilla. Apago mis ganas.

Quiero dormir, pero no puedo concentrarme.

Pienso en Luciano y en su verga. En Luciano y su frustración. En Luciano y su rostro entre mis tetas.

– Luciano,¿ dónde estás?

– En mi casa.

– Ven.

– Chuta, ya es complicado. Guardé el carro y eso significaría tomar un taxi.

– Hazlo.

– ¿Seguro?

– Sí, estoy mojada.

– Estaré allí.

Arreglo la inmaculada y herética casa. Luciano llega.

Entra. Mientras cierra la puerta abre otras. La ropa desaparece de nuestros cuerpos y la cama se adapta a nosotros.

Adormecemos los demonios con sexo oral, una y otra vez. Acabo y él también.

– ¿Quieres coca?

– Jalamos.

Coloco mi cuerpo encima del suyo mientras aprieta mis tetas y trata de colocar su boca en una de ellas. Es una orgía. Los fantasmas de nuestras actuales parejas rodean la cama. No nos atormentan, gozamos con ellos.

Sábanas mojadas, polvo mágico en los rincones.

Oscuridad otra vez.

Abro la puerta, nos despedimos con un pronto lo volveremos a hacer. Talvez.

Mientras limpio la inmaculada casa por enésima vez hiervo agua para ahora sí tomar café.

Juego una vez más al tetris matrimonial.

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*Tatiana Mendoza, joven escritora manabita, integra el equipo de loscronistas.org  Su magnífica prosa es temeraria, de fuerte erotismo que fluye con extraordinaria naturalidad.