Por Sara Villa*

Aquella mujer, sentada con las piernas muy juntas en la sala de espera del ginecólogo, consiguió que me llevase las dos manos al ombligo por puro instinto.

Me observaba con una rabia descarada.

Taladraba mi barriga con sus pupilas a pesar de los
antebrazos que la cubrían, que protegían a mi pequeño de ocho meses todavía prematuro para el mundo real.

Debajo de su traje ejecutivo tenía el vientre muy plano, apenas cuarenta y cinco kilogramos de peso en un cuerpo de un metro con sesenta, y las arrugas muy marcadas en torno a los ojos y las comisuras de los labios.

Éramos el yin y el yang en aquella salita, los tobillos hinchados frente a los botines estrechos acabados en punta, las varices inflamadas ante los muslos sin rastro de líneas azuladas, los pezones doloridos y los pechos turgentes frente al tórax liso.

El bebé pateó mi pubis con fuerza, algo le incomodaba dentro de su líquido amniótico.

Él también percibía el rencor de aquella mujer a dos metros de distancia, a través de la placenta.

Susurré y acaricié mi ombligo con ambas manos.

Solo entonces ella levantó la cabeza y regresó al mundo de las obligaciones sociales. Relajó las mandíbulas, cruzó las piernas y colocó el bolso sobre las rodillas, delante de su tripa.

Cuando la enfermera dijo mi nombre me apresuré a entrar a la consulta.

El ginecólogo sonrió nada más verme y confirmó lo que yo ya sabía: el resultado de la ecografía era perfecto.

Mi bebé estaba sano y en poco más de un mes podría acunarlo entre mis brazos.

Allí dentro olía a desinfectante y utensilios de metal.

Me pregunté qué noticias esperarían escritas con letra rápida en la siguiente historia médica, la que quedaba justo bajo la mía sobre la mesa del Doctor.

Mi bebé volvió a patear, esta vez a la altura del diafragma. Desde arriba, mi barriga se veía redonda y preciosa. Perfecta.

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* Sara Villa, escritora española, vive y ejerce la narrativa en su país y pertenece al equipo de loscronistas.org