Alma Guillermoprieto, en Madrid en mayo de 2017, cuando ganó el Premio Ortega y Gasset a la Trayectoria profesional. SAMUEL SÁNCHEZ

La reportera y escritora mexicana recibirá este viernes 19-10-2018 el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

JAVIER LAFUENTE

Diario EL PAÍS

México 

A pocas calles de la casa donde vivió durante años, frente al Parque México de la colonia Condesa, Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949) disecciona un plato de enchiladas con la misma precisión con la que escribe desde hace 40 años.

Es su desayuno este viernes soleado de septiembre de 2018, días antes de que viaje a España, donde el próximo 19 de octubre recibirá el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

El jurado destacó su “profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica” y su escritura “clara, rotunda y comprometida, que representa los mejores valores del periodismo en la sociedad contemporánea”.

Guillermoprieto, que recibió en 2017 el Ortega y Gasset a su trayectoria, ha desarrollado la mayor parte de su carrera en medios anglosajones como The New Yorker, The New York Review of Books, The Guardian o The Washington Post y sus crónicas han quedado plasmadas en libros como Al pie de un volcán te escribo o Desde el país de nunca jamás.

Exbailarina, dejó la danza y comenzó a escribir en Nicaragua, en la época en que encandilaba la revolución sandinista, hoy distorsionada y a donde quiere regresar cuando las altas temperaturas den una tregua.

Esta reportera –prefiere considerarse así, no periodista- confiesa que si con algo no puede es con el trabajo de oficina y con las sesiones de fotos, por lo que ruega no someterse a una para esta entrevista.

Pregunta. ¿Qué le sirvió de la danza a la hora de escribir?

Respuesta. Me pasé años diciendo que nada, que no había ninguna compatibilidad y eso me permitió realmente dejar atrás la danza. Nada te ocupa tan intensamente, pero el periodismo exige mucho. Me gustó que fuera casi tan exigente como la danza. Me gusta sentir que estoy haciendo algo que nunca he hecho, y en el periodismo, nunca es parecido un día a otro. La danza es la disciplina más exigente que existe. El esfuerzo puramente físico que he requerido, creo que me lo dejó la danza, porque mira que le he caminado a esta disciplina.

¿El periodismo se hace caminando?

Sí, a pie. Si no, no has hecho nada. Caminando y dándole el tiempo que se necesita. Yo he tenido el lujo de poder ser freelance y escribir en la época próspera de los medios. De poderle dedicar un mes a una nota o un año a mi primer libro.

Los medios han cambiado mucho. ¿Se siente alejada del periodismo que se hace ahora?

Me siento alejada, pero no necesariamente por esa razón, sino porque soy una persona que lleva 40 años en esto. En determinado momento ganarse la vida como reportera fue tan imposible como para cualquiera. Pasé años dando clases, sin dejar de reportear nunca. Creo que ya estamos al final de ese ciclo y si algo tengo claro es que el periodismo es indispensable. Como es indispensable y un oficio enamorador, surgirán nuevos medios. De hecho, están surgiendo. No sé si en todo el mundo, pero se ha vuelto como chic para los multimillonarios tener un medio. Bueno, se agradece esa pasión por estar a la moda.

Hace poco la escuché decir que el periodismo es para los jóvenes. ¿Por qué?

Porque se requiere una cantidad de energía como en pocos oficios. Y porque es necesario sorprenderse cada vez. En mi caso, me resulta cada vez más difícil porque ves mucho mundo.

¿Ya no se sorprende?

Cuando me sorprendo trato de hacer una historia.

¿El asombro tiene límites?

Yo creo que hay dos cosas que no se pueden cultivar: la curiosidad y la capacidad para redactar. O tienes en el cerebro el chip sintáctico o no te lo podemos todavía insertar.

Con 13 años tenía ya una amplia correspondencia. ¿A quién escribía, qué contaba?

A mí también me gustaría saberlo, porque tengo las cartas que me enviaban, pero no las que yo envíe. Escribía a mis compañeros de danza, a artistas, pintores, compositores que conocía. Era una niña muy precoz. Siempre me sentí fea, antipática, rechazada, pero mirando hacia atrás esa correspondencia, digo: “Mmmm, no”.

¿El cuaderno le liberaba?

Ajá. A los tímidos el cuaderno los liberó del ego, porque la timidez también es una forma de ego. Uno está muy obsesionado consigo mismo.

¿El periodismo necesita más cuadernos y menos egos?

Sí, pero yo siempre tengo fe. Yo no me considero periodista, me considero reportera. Esos son mis colegas, los que salen con el cuaderno al mundo. Los periodistas son los que hacen columnas, los editores son periodistas… No lo digo con desprecio en absoluto, sino que los reporteros somos otra cosa.

Empezó a reportear en Nicaragua hace 40 años. ¿Qué le sedujo?

Me sedujo irresistiblemente la posibilidad de ser optimista. Yo había salido de mi experiencia como profesora de danza en Cuba, totalmente revolucionaria, el puño en alto…Para la gente de mi generación con esa fe revolucionaria, el golpe en Chile fue realmente traumático. Nicaragua retomó la posibilidad del optimismo. Ese fue el imán que me llevó allí.

¿Cuándo sintió que por primera vez la leían?

Sería como septiembre de 1979.

Estuvo un año escribiendo sin ser consciente de que la leían.

Para mí la ecuación no pasaba por los lectores. La ecuación era tener la oportunidad de ver y de vivir esa experiencia y escribir lo mejor que podía. Casi como un proceso metabólico, ver y escribir. Luego estaba todo ese ritual extraño de que te llamaran a las cinco o las seis de la mañana para pedirte la nota y dictarla o ir a buscar un teletipo medio clandestino que tenía EFE. Yo no tenía la dimensión de los lectores. Para mí fue un tema ético descubrir que del otro lado de la ecuación no estaban ni siquiera las víctimas y mucho menos los guerrilleros sandinistas, que a quien a mí me tocaba serle fiel era a los lectores, porque finalmente eran ellos quienes estaban pagando.

¿Cómo se dio cuenta?

Los editores de The Guardian me invitaron a Londres, querían conocerme. Había estado en la primera plana del periódico durante un año. E hice el ridículo. Yo era una persona de ingresos muy modestos. Entonces, llegué con mi ropa de guerra porque no tenía otra, no por hacer el show. El almuerzo era en el salón privado del director, no sabía ni qué cubierto había que usar, estaba totalmente cohibida. Pensaba que The Guardian era un pasquín delirante de izquierda y dije algo como que “lo bueno es que uno puede apoyar sin tapujos las buenas causas o las causas revolucionarias”, algo así. Entonces, el editor, casi se traga del susto la cuchara del cóctel. Recuerdo perfectamente el menú, era un coctel de gajos de toronja, con aguacate, con almendras, gigante. Se me hacía lo más sofisticado. Después, en uno de esos camiones [autobuses] de dos pisos de Londres, una viejita se sentó a mi lado en el segundo piso y me empezó a preguntar que quién era, de dónde venía, qué hacía. “Ah, ¿escribes para The Guardian?, “ah, ¿desde dónde?”, “desde Nicaragua”, “¿cómo te llamas?”, “me llamó tal”, y ella me reconoce y me cuenta la emoción con la que me ha estado leyendo y me habla de esos muchachos sandinistas tan valientes… Yo me doy cuenta de que ella ve Nicaragua por mis ojos. Eso me lleva a entender la enorme responsabilidad ética que yo tengo. Si ella ve por mis ojos, yo no la puedo traicionar.

¿Qué diferencia al periodismo en español del anglosajón?

Diría que lo que más asombra a mis colegas latinoamericanos, lo que los deja con la boca abierta, es la tradición del fact checking. Incluso, la ofensa que puede causar. En mi primer taller tuve tres reporteros que son ahora figuras de autoridad en el periodismo, sobre todo colombiano, que se negaron rotundamente a que yo les revisara línea por línea sus textos porque eso era humillante. Sentían que lo que escribían era intocable.

Usted también tuvo roces con editores, sobre todo cuando trabajó en The Washington Post.

Fue un choque cultural porque The Guardian se parecía más al modelo latinoamericano. Esta idea de The Washington Post de que tú podías ser muy importante como reportera de Centroamérica y haber creado muchas primeras planas, pero que llegabas al Post y te tocaba reportear algo local, a mí me escandalizó. En parte porque yo pensaba: “Yo soy más importante que eso”. Seguramente podría haber aprendido más de la experiencia si no me hubiera parecido tan humillante, pero me pareció humillante.

¿Se arrepiente de ello?

Creo que es la primera vez que lo estoy pensando. Me acuerdo que cuando salí del Mozote, en El Salvador, y regresé a Tegucigalpa, iba muy enferma, muy lastimada de una pierna, muy agotada, con fiebre y no habían publicado el texto que había mandando. Había convencido a la guerrilla de que mandaran un correo especial porque yo sabía que The New York Times me estaba ganando la nota y que una vez que el Times publicara, el Post no lo iba a hacer. Llegué a Tegucigalpa y cuando hablé al periódico, se puso al teléfono el editor de Internacional y me interrogó durante 40 minutos, línea por línea sobre mi texto. Me sentí ofendida, enojada, humillada, furiosa de que me hubieran hecho pasar por eso. Anoche pensé por primera vez: ‘Pues claro, claro que no iban a publicar una nota explosiva, iban a cuestionar el poder del gobierno y tenían que estar seguros de lo que yo decía’. Obviamente hoy haría yo lo mismo, pero en ese momento yo era una novata.

¿Le ayudó escribir para medios extranjeros?

Sí, me ayudó a tomar distancia y la distancia es necesaria. Fue una gran ayuda y creo yo que si hoy en día me leen en español es porque, como tanto se dice, el pasado es otro país. Yo no he sido solo traductora de América Latina hacia Estados Unidos, sino que también hoy día soy traductora del pasado para los lectores de hoy.

¿Qué es clave para usted a la hora de reportear?

Pues, suena muy mamón, pero yo trato de convertirme en antena. No es que trate de mirar con cuidado o escuchar con cuidado. Trato de convertirme como en un aparato de captación. Mi gran peligro es que soy muy empática. Creo que los entrevistados más sagaces, digamos, lo captan perfectamente y se aprovechan de eso. Cuando he cometido errores ha sido por eso. Yo soy una gran manipuladora como entrevistadora, pero creo que también los entrevistados saben manipular.

Viendo la situación de Nicaragua, donde empezó a reportear; de su país, México o de Colombia, donde vive y donde el proceso de paz parece que naufraga. ¿Está condenada América Latina a vivir en un déjà vu constante de violencia?

Detesto la palabra condenado, porque me parece que eso implica una precondición genética o psicológica. Tengo miedo de que no seamos capaces de desarrollar con la velocidad suficiente las instituciones y las innovaciones científicas y tecnológicas que nos permitan construir un futuro más equitativo y amable.