Por Jaír Villano / @VillanoJair
Hay interrogantes que alivianan más que las respuestas. Y por eso no me gustan aquellos que andan inquiriendo y resolviendo: que qué fue primero: ¿periodismo o literatura? O para gusto de ellos: ¿verdad o ficción?

Que qué es más importante: ¿una mentira tan bien contada que se hace pasar por verdad, o una verdad tan poco persuasiva -tan pálida, tan lábil- que se camufla de mentira? ¿Cuáles son las fronteras? ¿Pesa más el centro que los límites? No sé. No es relevante: porque así como hay ocasiones en las que la realidad supera la ficción, hay otras en las que la ficción está por encima de la realidad.

Además: ¿quién puede determinar lo real? ¿los medios, acaso? ¿Los estatutos, quizá? ¿Los teoréticos, de pronto?

Hannah Arendt planteaba unos “modos de decir la verdad”, que no es una.

Nietzsche decía: “no hay hechos, solo interpretaciones” y es esa la premisa sobre la cual quisiera partir: que las historias, -todas las historias, pero estas en particular-, son víctimas o victimarios de aquel que escribe (de su interpretación, de su subjetiva objetividad, de su olfato), pero sobre todo de aquel que lo hace bajo el compromiso periodístico, que en teoría registra -con todo el rigor posible- lo real.

El problema emerge cuando la narración tiene un componente estético, porque ya lo decía Vargas Llosa: “La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético”.
Y en el periodismo ocurre lo contrario: lo ético prevalece sobre lo estético.
Pero aún sobrevive esa especie llamada cronista, que aúna lo uno con lo otro: que tenga música, y que sea real, que sea real y se escuche su música.
Son los artistas de las redacciones. Y en tiempos de “este fue el vídeo más visto en las redes” se puede decir que es una minoría en vía de extinción.

De la trayectoria de Lizandro Penagos, de sus cuatro lustros en el canal regional Telepacifico, de sus lauros, de su faceta como reportero, presentador,  director, académico: en especial de su libro De vidas breves y bravas. Historias de gente como uno-, quisiera resaltar eso: lo interesantes que son los testimonios (personajes variopintos), lo bien narrados que están (la forma, los climas, el tono, los párrafos) y un aspecto no menos importante: crónicas extraídas de su experiencia como periodista en televisión.

Sí: televisión. No: prensa, no. Debemos recordarlo: la crónica ocupa un espacio relativamente ancho en periódicos, uno conciso en los horarios nocturnos de los domingos en la pantalla, y uno realmente importante en revistas de todas las temáticas, porque una historia informa y conmueve, sensibiliza e indigna, instruye y hace sentir. Despierta todo tipo de emociones: porque, como la buena literatura, la buena crónica hace vivir. Literatura de la realidad, como la llama Talese.

Las definiciones sobre este género abundan, tanto así que Tom Wolfe merodea en explicaciones y ejemplos en ese libro que se repasa las aulas: El nuevo periodismo.

Y eso por soslayar lo que avezados narradores como Capote, Mailer, Mitchell, Hoyos, Martínez, entre otros, ya lo han dicho.

Leila Guerriero sostiene algo puntual sobre este género: “(…) El periodismo narrativo es muchas cosas pero es, ante todo, una mirada –ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven- y una certeza: la certeza de creer que no da igual contar la historia de cualquier manera”.

Y es precisamente esa perspectiva la que uno halla en De vidas breves y bravas. Historias de gente como uno.

Con un ingrediente especial: la puntería, la letalidad. Relatos cortos, de dos o tres páginas. Microrrelatos que condensan vidas, experiencias, percepciones.

Una hibridación que no será novedosa, pero sí estimulante. Alguien hablará de periodismo verité, otro de periodismo gonzo, no faltará el que exija escenas y escenas y extensos diálogos, como condición sine qua non.

El de Penagos es un libro de academia que se despoja de la rigidez y el formalismo académico y nos deja, a cambio, un plato digno de saborear.

Mire, usted, lector, lo que reposa en el libro: géneros amalgamados -como el perfil y la crónica- sobre todo tipo de gente: anónima, como ese lector que se esconde en las montañas, ese vendedor de helados de mala suerte, ese sujeto que le parece que le debe la vida al temible exnarco alias Popeye.

También a otros fulgurantes, como el dedicado a Jairo Varela, Manuel Alfredo Sánchez y Álvaro Mutis. Y otros más personales, como esos docentes de la universidad Autónoma de Occidente, ambos con la energía que impulsa a escribir.

Mire, usted, lector, lo que va a encontrar: historias de gente que perdió la vida en una pelea, de una periodista traumatizada por las imposiciones de Bogotá, de una desaparecida que, muchos años después, se reencuentra con su familia, de una ciudad que vivió el bogotazo de otra manera.

La ironía y el sarcasmo se deslizan en meditadas frases. La precisión es una cualidad asomada en todos los textos.

Penagos sabe que, como decía Monterroso, más que escribir, se trata de corregir. Y por eso la economía del lenguaje sobresale.

En The Washington Post le inquirieron a Joseph Mitchell por la elección de sus temas, y él dijo: “Uno escoge alguien tan afín que, en el fondo, acaba escribiendo sobre sí mismo”.

Es posible que a Lizandro -acaso tentado por la misma anonimia que el reportero neoyorkino- le ocurra algo similar.

Pero si se tratara de elegir epígrafes de vida, diría que el de LP sería: “El periodismo consiste esencialmente en decir que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

Frase manida, quizá (Chesterton no tiene la culpa), pero poco empleada en la reportería diaria (ávida por el tráfico y el rating) y menos por aquellos pontífices y academicistas que, obnubilados por sus análisis y teorías, ignoran los trasegares y las complejidades de una redacción.

La trayectoria de Lizandro Penagos, con todo lo dicho, es reconfortante y plausible. Y revitaliza la pasión por un oficio pauperizado.

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* Tomado de Diario El Espectador, de Colombia