Por Byron Rodríguez Vásconez*

Los soldados permanecían en silencio en sus trincheras con el piso de fango. Adustos. Tensos. Siempre con el dedo índice en el gatillo de sus fusiles de color negro FAL (fusil automático liviano, belga, versátil fusil-ametralladora).

Bandadas de guacamayos y pájaros de intenso plumaje azul y rojo pasaban rasgando el cielo gris de la Amazonía y eso ponía más nerviosos a los soldados.

Oficiales, desde subtenientes a tenientes coroneles, quienes lideraban los dos batallones, con un promedio de 200 hombres cada uno, intercambiaban opiniones frente a un gran mapa de la Cordillera del Cóndor, disputada por Ecuador y Perú, en la Guerra del Cenepa (26 de enero de 1995 hasta finales de marzo de ese inolvidable año).

Faltaba delimitar 160 kilómetros de frontera común, en la que las tropas de uno u otro país pasaban, armaban balaceras que dejaban muertos y heridos de Ecuador y Perú, países que nacieron a la vida independiente a principios de 1820, y aún no resolvían los conflictos limítrofes heredados desde que eran Colonias de España.

En 1941, Perú ganó la guerra a Ecuador y se llevó la mitad de la amazonía ecuatoriana, cerca de 170 mil kilómetros cuadrados, por dos factores: 1. Desde 1930 Perú comenzó una invasión silenciosa, porque su ejército estaba mejor armado; y 2. el país del sur aprovechó la inestabilidad política del Ecuador, que además descuidó la colonización amazónica desde que se fueron las misiones jesuitas en el siglo 18.

Entre la década de 1930 hasta 1940 hubo alrededor de 17 gobiernos que se sucedían en el poder solo por meses.

El mundo sufría la Segunda Guerra Mundial y esa coyuntura benefició a Perú, que incluso llegó a ocupar Machala, capital de la provincia de El Oro, hasta que se firmó, por presión de los países garantes -Chile, Argentina, Brasil y EE.UU-, el oprobioso Protocolo de Río de Janeiro (el 29 de Enero de 1941), el cual arrebató al Ecuador de vastos territorios amazónicos y truncó el sueño de una frontera común en el Río Amazonas.

El liberal Carlos Arroyo del Río gobernaba Ecuador y la historia lo juzga por no haber defendido con entereza y coraje nuestra heredad territorial, a diferencia del general Eloy Alfaro, líder de la revolución liberal de 1895.

Alfaro, en 1910, al mando de 10 mil soldados que los llevó en el tren que construyó para unir Sierra y Costa, se plantó cara a cara con el Ejército de Perú, que al ver la determinación del enemigo se retiró.

En 1980, el Gobierno del presidente Jaime Roldós enfrentó otro conflicto con Perú, el de Paquisha, en el que Perú expulsó a Ecuador de la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor –rica en minerales como oro, plata, uranio- porque tenía potente armamento ruso (tanques, helicópteros y aviones), mientras las Fuerzas Armadas ecuatorianas recién devolvían el poder político a los civiles después de dos dictaduras (1972-1979).

Los líderes militares –generales Paco Moncayo, Miguel Iturralde, Carlo Magno Andrade y José Gallardo; y coroneles Luis Hernández, Luis Aguas, Fausto Cobo, Gustavo Lalama, Luis Brito, entre otros, decidieron, a raíz de la segunda derrota de 1981, volver a los cuarteles, dejar la política en otra orilla y prepararse para una tercera guerra, la de 1995.

Esta vez Ecuador salió victorioso por la preparación física y anímica de sus tropas y la calidad de su armamento: flotas de aviones Mirage franceses estacionados en la Base de Taura, cerca de Guayaquil; junto con las de Manta, Latacunga y Macas.

Las Fuerzas Armadas prepararon a sus pilotos en Israel y adquirieron aviones Kfir (“pequeño león”, versátiles y letales), además de misiles tierra-aire de alta precisión, fusiles bien aceitados, tanques franceses AMX 13 adquiridos en el gobierno nacionalista del General Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976, quien creó la Brigada Blindada Galápagos, las fábricas Explocem, de explosivos, calzado y vestuario militar).

Y el factor más importante del triunfo de 1995: La decisión de sus Fuerzas Armadas de no permitir otra derrota militar.

LOS GUERREROS SHUAR

Ya en los primeros días de febrero de 1995, el Río Santiago, muy correntoso y con aguas de color café oscuro, que dividía la frontera de Ecuador y Perú, se divisaba como una larga, sinuosa, y fantástica serpiente flanqueada por la bella, exuberante, y misteriosa selva.

Los soldados y Oficiales, quienes se cubrían de las inesperadas y fuertes lluvias amazónicas bajo carpas verde de combate, seguían expectantes.

De pronto, a media mañana gritos de guerra tensaron aún más el ambiente y nuestros militares dirigieron sus miradas a la bandera del Perú, que flameaba, roja y blanca, entre los grandes árboles de guayacán, teca y palmas reales, en el otro lado del Río Santiago, situado a casi tres horas, hacia el suroriente, de la gran base militar de la Brigada Cóndor N. 21, de Patuca, nuestra plataforma de lucha con el Perú, en la provincia de Morona Santiago.

Se escucharon gritos guerreros y decenas de soldados –afros de Esmeraldas, indígenas de la Sierra centro, mestizos de Bolívar, Cuenca y Loja, costeños de Guayas, Manabí, Los Ríos y El Oro- dejaron sus trincheras y montículos de tierra para protegerse y con asombro vieron a decenas de hombres con grandes y filudas lanzas de chonta, una madera tan fuerte como el acero.

Unos estaban desnudos. Otros con el torso igual, desnudo. Bravos. Valientes. Determinados a defender su tierra. Eran los indómitos soldados shuar que a gritos pedían armas para cruzar el Río Santiago en sus canoas, para enfrentar a los soldados peruanos, siempre vigilantes al otro lado del río.

La presencia de los guerreros shuar infundió más valor a los soldados, en especial a los curtidos paracaidistas, la élite del Ejército, “siempre listos para el combate” era su lema de guerra. Y dio mucho ánimo y fuerza a los jóvenes oficiales, quienes, resueltos a luchar por la dignidad de su Patria, no ocultaban su miedo a morir.

Siete periodistas, entre los que estaba yo como corresponsal de Diario El Comercio, estuvimos  junto a los soldados, en las trincheras.

Respirábamos esa tierra con olor a raíz fresca y orquídea, a lluvia, a flores exóticas, como la heliconia salvaje, roja, como de lava. Todo envuelto en la humedad sofocante.

Los soldados de las trincheras, los oficiales, abrazaron a los shuar y aplaudieron su coraje.

La mayoría había hecho la conscripción gracias a un visionario militar, el coronel paracaidista Gonzalo Barragán, quien, en 1980, poco antes del alto al fuego en la Guerra de Paquisha, con permiso del alto Mando del ejército, decidió formar un aguerrido grupo de la etnia shuar llamado Iwias (demonios de la selva), para que combatieran y fueran los ojos y oídos de los soldados, gracias a sus ancestrales conocimientos de la intrincada selva.

Más de dos años duró la formación de ese otro cuerpo combativo de élite que hoy tiene su bien organizada Escuela de Selva, en Shell, provincia de Pastaza, e instruye a otros militares en el conocimiento y los secretos amazónicos.

En 1995, los soldados shuar fueron esenciales en el triunfo de nuestro ejército.

Se movían con la agilidad del jaguar y el tigre. Sabían qué plantas de ese gigantesco laboratorio selvático son aptas para la alimentación. Conocían que la caña de guadúa almacena agua limpia para consumo humano.

Y, lo más importante para el combate en esa enmarañada selva, tenían  orientación sin necesidad de brújula. A las 15:00, en la selva profunda, de gigantes árboles, si uno trata de mirar al cielo no lo ve, como si de pronto la noche cubriera todo con su manto de brillantes luciérnagas y cocuyos que revoloteaban mágicos entre la vegetación.

La sorpresa se apoderó de todos. La valentía de los shuar dejó atrás el miedo a morir. Decían que si cayeran en combate volarán a su cielo de bosques y aves de encanto, a sus ríos claros, en los que la Luna se refleja con todo su embrujo.

Sin pérdida de tiempo prendí la grabadora para captar los primeros testimonios de los soldados shuar. Juan Faustos, el fotógrafo guayaquileño, captaba las fotos a cada instante. Nunca olvido el primer nombre shuar: José Anchir, de una comuna alejada de Patuca, cercana al hermoso Valle del Cenepa.

“Venimos a luchar –dijo- porque estamos cansados del abuso de los soldados peruanos, quienes entran a nuestras tierras, toman los alimentos, afectan las chacras, no dejan vivir en paz”.

A mediados de febrero de ese año, Olga Imbaquingo, que también cubrió la guerra, se sorprendió cuando vio, en la selva, que un soldado shuar sacó de su mochila dos novelas de García Márquez: Crónica de una muerte anunciada y Cien años de soledad. Escribió una bella crónica, “El soldado shuar que leía a Gabo”, en la que confesó que muchos de sus prejuicios se derrumbaron, pues encontró gente shuar con una excelente educación, grandes lectores.

En los múltiples frentes de combate, como Coangos, Base Sur y Cóndor Mirador, los colegas, llenos de sensibilidad y talento, cubrieron la guerra: ahí estuvieron Sonia Hernández, Víctor Vizuete, Agustín Eusse, Esteban Michelena, Martín Pallares, Ernesto Fonseca y otros periodistas de El Comercio.

En el frente del Río Santiago, otro shuar, de apellido Piwia, dijo que la defensa de su tierra, de su Patria, pese a que no conocía ni Quito ni Guayaquil, movía sus resortes más íntimos para ir al combate. Verónica San Martín, periodista de Radio Quito, quien cubrió la guerra varias semanas, también grababa y tomaba notas para enviarlas pronto.

En 1995 no había la tecnología de hoy. Por eso escribíamos las crónicas, noticias, reportajes y entrevistas alumbrados por la luz de una vela o de una linterna en nuestras humildes cabañas, improvisados hoteles levantados de la noche a la mañana por sus dueños: los pobladores del cantón Méndez, cercano a la base de Patuca.

O usábamos el fax, una máquina moderna en ese tiempo, para enviar nuestros textos. El mundo digital era una ficción. No había cámaras digitales y los fotógrafos –Guillermo Corral, Alfredo Lagla, Juan Faustos, entre otros, enviaban los rollos por avión del Ejército, cuando había suertey cielo despejado. O en las camionetas del diario El Comercio que hacían posta, día y noche, entre Quito y Patuca.

Los shuar se bañaron la noche anterior en las cascadas sagradas, tomaron ayahuasca para revestirse de la fuerza y la garra del jaguar e ir a la pelea por su tierra. Desde la otra orilla tronaron los primeros disparos y con el temor en el alma, devorándonos como un gran insecto de múltiples cabezas, nos refugiamos en las trincheras más cercanas a la ribera del río.

La última imagen que me queda y nunca la olvido, porque a veces viene en sueños, envuelta en una niebla que salía del río: los guerreros shuar, sin temor a la muerte, cruzaban en sus canoas, con sus fusiles listos, a enfrentar a los peruanos con decisión y coraje.

Germán Pichuir, un joven y aguerrido shuar, fue uno de los primeros soldados que cayó en combate. Los soldados dejaron las trincheras para combatir junto a los shuar en el Río Santiago.

Germán habrá volado a su cielo de luciérnagas y flores encendidas a encontrarse con la divinidad del Jaguar.

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* Periodista y escritor. Exeditor en Diario El Comercio. Cronista de www.loscronistas.org